10 de agosto de 2026

Lo que nos dejó el fútbol…

Para esta edición, la copa de fútbol jugada en México, Estados Unidos y Canadá tendrá dos semanas de haber terminado. Este artículo se escribe antes de la fase de octavos de final. 

El fútbol, como cualquier otro deporte que cuente con aficionados a lo largo del mundo, levanta muchas pasiones, saca lo mejor y lo peor de los seres humanos. En estas semanas, hemos visto ambas caras de la moneda. 

Es lamentable que hayan ocurrido tragedias, como la muerte de cuatro personas, en los festejos en el Ángel de la Independencia, por el triunfo de México ante Ecuador; o actitudes antideportivas e incluso discriminatorias, como las descalificaciones entre las aficiones de distintos países, la prohibición de selecciones enteras para dormir en el país donde jugaron, o la negación de la visa a árbitros de diferentes nacionalidades, lo que no les permitió ejercer durante esta copa. 

Ante estas actitudes, reflexionemos sobre cómo podemos reaccionar y “curar las heridas” generadas por estas actitudes, que se encuentran alejadas del deseo de unidad de Cristo, en su oración al Padre en la Última Cena (Jn. 17, 21).  Tenemos la misión de ser el rostro visible de Cristo en la Tierra, hagamos un examen de conciencia, revisando si fuimos copartícipes en esta cara de la moneda y, si no, analizar cómo podemos reparar las diferencias generadas. 

También, tenemos alegrías. Hasta el momento de redactar este artículo, la selección mexicana pasó a octavos de final, ganando su primer partido de eliminación directa en una copa del mundo desde 1986.

Esto ha generado un ambiente de unión entre todos los mexicanos. Después de cada partido, nos encontramos en las calles familias, parejas, grupos de amigos y desconocidos que, sin preguntar origen, religión, ideología política o escala social, festejan y se abrazan ante la posibilidad de que México gane su siguiente partido. 

Momento de inspiración, aunque sea por un momento, por un partido de fútbol, las diferencias desaparecen y, como hijos de un mismo Dios, nos abrazamos en un ambiente de ilusión. Mantengamos este ambiente nacional, para que, en nuestra cotidianidad, florezcan momentos de caridad, de empatía y de unidad. 

Que esta ilusión futbolística nos permita avanzar, como país, hacia la ansiada paz. ¡Ánimo firme! ¡Qué viva la Cruz (de la unidad)!

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