30 de marzo de 2026

Ser auténticos

Nuestro mundo valora mucho la autenticidad. Todos nos sentimos llamados a ser auténticos, a pensar con la cabeza, a no sentirnos defraudados de nosotros mismos.

Hay gente que funciona bien, pero, de repente, cambia. ¿Qué le pasó? Ha olvidado crecer para adentro, ha crecido solo para arriba. ¿Qué hay adentro? Hay semillas buenas y malas, si no se arrancan las malas, se vuelve terreno muerto. La primera Evangelización, el primer peldaño, el anuncio de Cristo Salvador, es a lo que hay que volver constantemente.

La autenticidad se orienta hacia la unidad de vida: la coherencia que es un elemento que unifica. Por eso, la formación empieza siempre por la magnanimidad y esta requiere entrar en uno mismo, en una dimensión interior profunda. ¿A dónde te diriges? Para ser auténticos, uno tiene que encontrarse con Dios.

Es precioso el diálogo del Señor con la samaritana, en donde el Señor le dice a esta mujer: Trae a tu marido. Ella contesta: “No tengo marido”. Jesús responde: Es verdad, cinco has tenido y el actual no es tu marido. Esta mujer es el prototipo de la persona que vive en la exterioridad, sin embargo, el Señor la reconduce a su mundo interior y le dilata el corazón, la lleva a la magnanimidad. Y ella se dirige a su pueblo, para contagiar su entusiasmo y su hallazgo.

Hay una imagen tomada de la almendra. Esta semilla tiene una piel verde, aterciopelada, como el mundo de las emociones y sensaciones. Hay que penetrar más. Al quitarle la piel nos topamos con la cáscara: es el mundo racional y de los comportamientos, pero hay que llegar al fruto, a la almendra, es decir, a la intimidad de esa persona. 

El acceso de lo más íntimo está abierto solo a cada uno, en donde tengo acceso a la simpatía de una persona, o a su mundo racional; a la dimensión íntima entra cada uno, con la ayuda del Espíritu Santo, el gran proyecto existencial.

Ideas de la conferencia de Luis Romera en México, RUL, 27 II 26.

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