Amigos lectores, estamos en plena Cuaresma, un período en la Iglesia que, a veces, se nos hace pesado. Incluso, coloquialmente hablando, usamos expresiones como “tan largo como la Cuaresma”, para referirnos a algo que parece interminable. Hoy, quiero invitarlos a mirar este tiempo con otros ojos, como una oportunidad de transformación interior.
La Cuaresma no es simplemente un conjunto de normas o sacrificios; es un camino espiritual, que nos prepara para la alegría más grande: la Pascua. En este tiempo, se nos ofrecen prácticas fundamentales: la oración, la caridad, la contemplación de la Cruz y la esperanza de la Resurrección.
Jesús nos recuerda: “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt.6,6). La oración nos devuelve al silencio, donde Dios habla al corazón. El ayuno nos ayuda a desprendernos de aquello que nos domina. La caridad convierte nuestra fe en gestos concretos de amor. “El que se apiada del pobre presta al Señor”. Pr.19,17.
A medida que avanzamos hacia la Semana Santa, la Cruz ocupa el centro de nuestra contemplación. Jesús nos dice: “El que quiera venir detrás de mí, que tome su cruz cada día y me siga” (Lc.9,23).
La Cruz no es derrota, es la expresión más alta del amor. El profeta Isaías lo anuncia con palabras que conmueven: “…y fuimos curados con sus heridas”( Is.53,5). Contemplar la Pasión nos invita a aceptar nuestras propias cruces con fe. Las dificultades, cuando se unen a Cristo, dejan de ser absurdas y se convierten en camino de redención.
La Cuaresma no termina en el sacrificio, culmina en la Resurrección. Jesús proclama: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn.11,25). Y San Pablo afirma con fuerza: “El que está en Cristo es una nueva criatura” (2Co.5,17). Este es el horizonte del esfuerzo cuaresmal: renacer. Cada oración, cada acto de caridad y cada sacrificio preparan nuestro corazón para vivir la Pascua, muriendo un poco para ser nuevas criaturas.
La Cuaresma no es simplemente un tiempo largo; es un tiempo profundo. No es una carga, sino una gracia. Si la vivimos con fe, descubriremos que este camino de oración, cruz y esperanza nos conduce a una verdadera transformación interior, a vivir en Dios y tener la esperanza de nuestra propia resurrección.
Que este abril no sea “tan largo como la Cuaresma”, sino tan fecundo como la Pascua que nos espera. Amén.
