26 de enero de 2026

Se ha vuelto loco

Jesús, lo ordinario de este tiempo es lo que me motiva a tomar tu mano para seguir recorriendo el camino cada día. Será tu palabra la que en la liturgia de este tiempo me regala esperanza, ilumina con destellos que deslumbran más que los de Epifanía.

Ahora es muy dolorosa a primera vista, dice así tu evangelio: “Entonces Jesús entró en casa, y se reunió tal gentío que no podían ni comer. Sus familiares, al enterarse, vinieron a llevárselo, porque decían que estaba fuera de sí” (Mc 3, 20-21).

 Mi Jesús, sé lo que es estar fuera de sí; lo sé por experiencia, cuando decidí seguir mi vocación tenía doce años, dejaba familia, casa, ciudad, ambiente, costumbres, amigos y, con un mucho de inconsciencia sana, dejé todo para seguirte. Y me dijeron que estaba equivocado, que me había vuelto loco, tan pequeño y tan desproporcionadas decisiones. La vocación sacerdotal es una locura, si pudiera volver a elegir una vocación, me aventuraría de nuevo a elegirla.

En ti hay un antes y un después de tu experiencia bautismal. El Padre te señaló como su Hijo predilecto, el Espíritu Santo te invadió en lo más íntimo de tu ser, tu oración te dio una visión de lo que sería tu vida.

En el evangelio hay dos realidades: por una parte, mucha gente que te busca, al encontrar algo muy diferente en ti; querían verte y escucharte directamente, te asediaban, te necesitaban; sin saberlo, habían encontrado en ti el sentido de su vida. Por otra parte, tus parientes pensaron que te habías vuelto loco.

La gente se había acostumbrado a verte trabajando en tu carpintería, con la bondad, dulzura y fortaleza que te caracterizaban, viviendo al lado de tus papás. Ahora eras otro, actuabas diferente, te rodeaba gente de mal vivir, muchos enfermos sentían que podías sanarlos, muchos curiosos te seguían, te olvidabas de comer, estabas más atento a lo que ellos necesitaban. Una vida totalmente diferente. ¡Una locura!

Una locura de las buenas cuando nos pides orar: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…” (Mt 6,1). Nos amalgamas contigo, nos trasladas a la vivencia de la solidaridad, la fraternidad, la armonía eclesial y universal. Siempre veremos en ti a aquel en que desde la hermosa locura del amor ha querido ser Dios con nosotros. Amén.

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