26 de enero de 2026

¿Quién es el señor de tu vida?

Queridos lectores, los invito a una reflexión fuerte y confrontadora. Sabemos que, más o menos, el 80% de la población mexicana es bautizada; pero me atrevería a decir que la mayoría de los bautizados no practican su religión.

“Sepa, pues, con certeza, toda la casa de Israel, que, a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo.” (Hch.2,36)

Creemos que los romanos fueron quienes dieron azotes y espinas a nuestro Señor, Jesucristo; sin embargo, hoy en día, somos nosotros, quienes, con nuestro pecado, lo maltratamos. El peor pecado de la actualidad es vivir de nuestras propias fuerzas, vivir sin Dios.

Hemos recibido a Jesús, sabemos quién es, pero ¿lo seguimos de verdad? ¿Lo proclamamos nuestro Señor y Cristo? Muchos lo reconocemos como Salvador, pero no lo tratamos como nuestro Señor. Y ahí comienza una sutil traición.

Cuando no lo seguimos, lo volvemos a crucificar:

Cuando preferimos nuestra voluntad a la suya, lo clavamos en la cruz del egoísmo.

Cuando lo invocamos con los labios, pero lo negamos con la vida, lo desnudamos de su gloria. Cuando guardamos resentimientos, cuando nos negamos a perdonar, lo coronamos con espinas otra vez.

Cuando no lo dejamos reinar en nuestras decisiones, relaciones, tiempo y dinero, decimos: “¡Crucifícalo!”

Podemos preguntarnos:

 ¿Quién es el Señor de mi vida? “Jesús es el Señor”, pero… ¿Es Señor de mis palabras, de mi tiempo libre, de mis redes sociales, de mis decisiones?

“¿Qué debemos hacer?”  (Hch.2,37) “Arrepiéntanse y bautícense… y recibirán el don del Espíritu Santo.” v.38. Nosotros ya estamos bautizados, pero el llamado sigue vigente: Arrepiéntete. Vuelve al Señor. Hazlo Rey verdadero de tu vida.

Oremos: «Señor Jesús, Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, el que fue crucificado por mis pecados y resucitado para darme vida nueva. Hoy, me postro ante ti, con el corazón humilde, reconociendo que, muchas veces, te he negado con mis actos.

Perdóname, Señor, por cada vez que he preferido mi voluntad a la tuya, por las decisiones donde no te he dejado reinar. Jesús, hoy me arrepiento de corazón. Clava en tu cruz mi orgullo, mi indiferencia, mis ídolos. Vísteme con tu gracia y lléname con tu Espíritu Santo.  Amén.

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