Una de las tareas más bellas de la Iglesia es ayudar a cada persona a encontrar su lugar en el mundo. Imagínate que, desde niños descubriéramos que Dios nos acompaña y nos llama personalmente a ser plenos, felices y a dar vida de manera original: con nuestros talentos, pasión y capacidad de amar. Que la familia y la comunidad eclesial acompañaran a cada niño y joven, para que lleguen a ser su mejor versión, rodeados de personas cercanas, experiencias significativas y espacios donde se sientan valorados, animados, desafiados y promovidos a crecer.
Este ideal se llama cultura vocacional. Como toda utopía, no la alcanzaremos del todo, pero desearla nos pone en camino. Como decía Galeano: “¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”.
Ya está presente en muchas familias, donde los hijos se sienten amados y estimulados. Recuerdo cómo mis padres, al compartir libros, música y su experiencia de fe, me ayudaban, sin saberlo, a descubrir mi misión.
También, la comunidad eclesial puede ser un espacio de cultura vocacional. ¿Cuántas veces un adolescente inseguro, al integrarse a un coro, grupo juvenil o al ser catequista, descubre dones, desarrolla liderazgo y se siente llamado a algo más grande? A pesar de errores, nuestras parroquias siguen siendo terreno fértil para milagros de humanización. La persona se descubre llamada a vivir, a amar, a servir.
Es difícil asumir una misión que se siente ajena. En cambio, cuando descubres que ya está encendida en tu historia, que tiene que ver con lo que te da sentido y alegría, todo cambia. La vocación arde en nuestras experiencias más auténticas, en los vínculos que nos revelan quiénes somos y nos impulsan a dar vida.
Así como otros lo han hecho contigo, hazlo tú también. Esta misión toma forma en aquel mandato: “Gratis lo recibieron, denlo gratis” (Mt 10,8). Quizá, entonces, la utopía de la cultura vocacional nos ponga — cada vez más — en buen camino.
