Es septiembre, mes en el que México, y otros países hermanos de la región, celebramos nuestro día nacional, el Día de la Independencia. Nuestras calles se llenan de banderas tricolores, recordamos a héroes que vivieron hace más de 200 años e, incluso, tenemos una ceremonia, donde la presidenta sale al balcón central de Palacio Nacional para rememorar el Grito de Dolores, dado por Miguel Hidalgo, el 16 de septiembre de 1810.
Todo esto, para recordar una sola cosa: que México es libre. En este caso, es libre de otro gobierno, que no sea el establecido por el pueblo mexicano. Pero, independientemente de cualquier pelea ideológica sobre el significado, conveniencia e historia sobre estos días, es una buena oportunidad para recordar el don sagrado de la libertad, ese regalo dado por Dios a los hombres, que nos iguala en dignidad a todos, dándonos la posibilidad de ser considerados como hijos de Dios.
Pero, con todas las complicaciones de esta vida, viendo cómo las personas ocupan su libre albedrío para hacer por igual bien y mal, para levantar a los oprimidos y oprimir a los libres, surge una pregunta, que no es fácil de responder: ¿para qué nos dio Dios esa libertad? ¿No hubiera sido más fácil hacernos como robots, que simplemente siguiéramos instrucciones preprogramadas por Él, sin posibilidad, ni siquiera remota, de desobedecerlas?
Es cierto que hubiera sido más fácil y nos hubiera generado menos complicaciones, sin embargo, también es cierto que hubiera ido en contra de su naturaleza si hubiera hecho eso. Uno de los presupuestos necesarios para poder amar es la libertad. Nadie puede amar realmente si no tiene la posibilidad de odiar, de no amar, de alejarse, puesto que el amor surge de la voluntad de elegir al otro en sus múltiples niveles (elegir al esposo como esposo, al novio como novio, al amigo como amigo, al hijo como hijo, etc.).
Y, si Dios realmente es amor, no podía crear a la joya de su creación sin esa capacidad. En ese sentido, es tan importante aprender a ser libres, porque, solo así, realmente nos hacemos más semejantes a Dios, al elegir amar y participar del amor que Él nos tiene a todos. Aprendamos a ser libres, para aprender a amar.
¡Ánimo firme! ¡Qué viva la Cruz (libremente clavada y amante)!
