El verano se está terminando y se nos fue como agua, pero de lo que sí nos estamos dando cuenta es que los días son más cortos. El día que marca este cambio es este 23 de septiembre cuando se celebra el equinoccio de otoño. Ese día se conmemora que la naturaleza cambia de ritmo – aunque a veces a nosotros se nos pase por alto por la cotidianeidad de nuestras vidas.
Este equinoccio no se celebra tanto como el de la primavera – quizá porque se deba a nuestra fascinación por las flores; y no es para menos, pues en la Ciudad de México el cambio más fuerte no es en las hojas de los árboles sino en cómo se pinta de morado con las jacarandas, pero duran muy poco; nuestras redes sociales se llenan con fotos de la ciudad…
Las flores, por su naturaleza, están hechas para llamar la atención. Pero si ahí acaba la historia, la historia es incompleta.
Por el otro lado, en el otoño, se recoge la cosecha (los frutos), y aunque no produce tantas fotografías como las jacarandas, sí produce momentos de confort. Y en ello podemos ver si realmente hubo momentos que generaron vida. Es el momento de ver en donde germinó la semilla que se plantó.
Vale la pena recordar como en la naturaleza un bosque nunca mide su éxito por la cantidad de flores que produjo una primavera, lo mide porque alimentó animales; sostuvo insectos; enriqueció el suelo; produjo semillas; es decir, permitió que naciera nueva vida. Entonces si la belleza importa porque es preludio de lo que vendrá, la fecundidad importa todavía más porque estamos llamados a escoger y cogenerar vida.
Mi pregunta para este otoño que comienza es si vivimos demasiado preocupados por florecer, y no estamos haciendo todo el trabajo que hay después para no solamente ser flores, sino también frutos.
Porque a pesar de que las flores son muy lindas y nos anuncian que algo está comenzando. Los frutos son la manera en que la Creación comparte con otros todo aquello que fue creciendo, silenciosamente, durante el resto del año.
Ahora que la naturaleza comienza a recoger lo sembrado, quizá también valga la pena preguntarnos: después de tantos días ordinarios, ¿qué frutos está dando nuestra vida?
