El ser sacerdote en la fe católica implica ciertamente estar en forma activa y consciente en las celebraciones religiosas. Más es un hecho que, poco o nada entendemos los bautizados de la importancia del ejercicio sacerdotal que debe realizar el laico, persona no consagrada, tanto en las celebraciones como en su existencia.
Porque, en la vida cotidiana, es donde se prepara la ofrenda que se va a presentar a Dios, para que sea devuelta como cuerpo y sangre de Cristo; ese es nuestro compromiso diario como bautizados, no importa si somos ministros ordenados, consagrados o solamente bautizados.
Todos, en conjunto, somos un cuerpo sacerdotal que celebramos, que participamos activa y conscientemente en cada signo religioso, desde la bendición personal, hasta la misa solemnísima de la vigilia pascual.
Cada bautizado está llamado a participar ofrendando su vida, porque, en el pan que se consagra, está puesto nuestro esfuerzo cotidiano de servir y obtener nuestros recursos; en el vino que se consagra, están nuestras emociones y la forma que manifestamos nuestra vida. Ofrendas que vamos integrando en cada momento haciendo presente a Dios y compartiéndole nuestro esfuerzo y nuestra emoción.
Rezar y establecer una comunicación íntima y personal con Dios nos hace también sacerdotes, pues nos coloca ante el misterio de la presencia de Dios, en lo cotidiano y en la intimidad de la persona; en el espacio exclusivo donde solamente estamos Dios y yo.
Es, en ese espacio donde ponemos nuestra vida y nuestra debilidad en sus manos y pedimos guía, fortaleza y alegría para enfrentar otro día más, reconocemos nuestros errores, nuestras faltas, los abusos y olvidos con que nos separamos del amor que debemos manifestar.
Es, en la aceptación de la misericordia de Dios y en el permitir que su presencia vuelva a reinar en nuestra vida, cuando nos ofrecemos a Dios.
