Amigos lectores, seguimos recorriendo el camino de nuestra fe cristiana: albergar el amor de Dios en nuestra vida; aceptar nuestra fragilidad de pecado; acoger el don gratuito de Dios: su salvación. Cristo ha pagado por nosotros con su propia vida, no es algo que podamos comprar, ni merecer por nuestras obras; es un regalo nacido del amor de Dios.
No se nos exige una deuda, sino una respuesta: acoger, con fe, ese don.
Jesús, con su pasión, muerte y resurrección, nos regaló algo increíble: una vida nueva. Pero no basta con que exista ese regalo… hay que hacerlo nuestro.
Jesús nos invita a vivir como hijos de Dios y a recibir esa herencia. ¿Cómo la hacemos nuestra? Con fe y conversión. Hoy, reflexionamos sobre la fe.
Cuando el carcelero de Filipos le preguntó a San Pablo qué debía hacer para salvarse, él respondió: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás, tú y tu casa” Hch.16,31
La fe transforma, porque es el primer paso para acoger la salvación que Dios nos da gratis por medio de Jesucristo. No nos la ganamos, la recibimos. La fe no es el salvador; el Salvador es Cristo.
La fe es el enchufe que nos conecta con esa salvación.
Como dice la Escritura: “Todo el que cree en Él recibe, por su nombre, el perdón de los pecados”, Hch.10,43
La fe nos hace confiar en que Jesús nos perdona, nos reconcilia con Dios y nos da una vida nueva. Es la certeza de que Dios cumple lo que promete. Por eso, la fe no es creer en “algo”, sino en Alguien.
Y no es solo un sentimiento: es la decisión de entregar la vida entera a Dios. San Pablo lo explica así: “Si confiesas, con tu boca, que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo
resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Rom.10,9-10
La fe transforma, porque no se queda en la mente o en el corazón: la fe se nota en lo que decimos y hacemos. Creer en Cristo significa vivir como Él enseñó: amar, perdonar, buscar el bien y seguir su camino cada día.
La fe transforma, en la medida que aceptamos la vida nueva que nos regaló Cristo Jesús. ¡Recíbela!
