4 de mayo de 2026

Un amor sin condiciones

Mucho se habla del amor en nuestra sociedad y en nuestros círculos cercanos. Cuando viene a nuestra mente, nos llegan imágenes de dos personas que se expresan amor; un matrimonio donde los esposos se siguen viendo con la misma ternura del día de su boda; los que tuvieron la fortuna de ser papás; en una madre o un padre que ven con admiración y cuidado a su hijo pequeño, alegres porque su vida ha trascendido en otro ser humano. Todas estas imágenes enmarcan una característica especial del amor, que es incondicional. 

El amor puro es un regalo que una persona da a otra; es un don que quienes, creyéndolos dignos, lo reciben de nosotros. Y es que el amor necesita una presuposición, la libertad. 

Si el amor se vuelve un premio, más que un regalo, deja de ser amor para convertirse en un condicionante para el otro. “Te amo, pero solamente si tú me amas”; “te amo, pero solo si aceptas mis condiciones”. Esta clase de frases no muestran un verdadero amor, sino una perversión de este. Imponen, sobre los demás, cargas (muchas veces irracionales y pesadas) que los despojan de su dignidad, porque eliminan la libertad de elección, haciendo al otro nuestra marioneta. 

Y, por el otro lado, tenemos el amor verdadero, el que se da gratuitamente y el que encuentra su verdadero simbolismo en dos figuras: el de los esposos, que se aman a pesar de todo, y el de la madre, capaz de dar la vida por sus hijos. 

Son esas las imágenes que Dios quiso mostrar, primero a Israel y, luego, a la Iglesia, como las figuras más cercanas a representar su amor. Es ese tipo de amor al que se refería el beato Juan Pablo I, cuando decía que Dios “es Padre y, más aún, es madre”.

Es, igualmente, ese amor el que Dios mismo nos revela por medio del profeta Isaías, cuando dice “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré!” (Is 49, 15-16). 

Dios nos ama infinitamente, es nuestro modelo, nos enseña a amar. Nos da la oportunidad de mostrar un amor capaz de darse por otro: en el amor dado de forma conyugal y maternal a nosotros, que prefiguran el amor divino en la Tierra.  

¡Ánimo firme! ¡Qué viva la Cruz (paternal y maternal)!

Beato Juan Pablo I (1978, 10 de septiembre). Ángelus.

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