Amigo lector, me gustaría que reflexionemos sobre la vida católica cristiana que llevamos. En la vida religiosa de muchos mexicanos existe una contradicción silenciosa, que pocas veces se cuestiona. Por un lado, la mayoría ha recibido el bautismo y se reconoce como cristiano; por otro, adopta creencias que no pertenecen al mensaje cristiano, como la reencarnación. Esta mezcla de ideas refleja una fe vivida, más por costumbre que por convicción.
La creencia en la reencarnación, aunque atractiva para muchos, contradice la fe cristiana, que proclama una sola vida, seguida del encuentro definitivo con Dios y la esperanza de la resurrección. Aun así, no es raro encontrar personas que asisten a misa y, al mismo tiempo, creen que volverán a nacer en otro cuerpo. Este sincretismo revela una falta de claridad en la vivencia de la fe.
Por eso, la pregunta es inevitable: ¿bautismo o reencarnación? No se trata de elegir por costumbre, sino desde una fe consciente y formada. El bautismo necesita ser renovado constantemente, mediante la escucha de la Palabra y una experiencia personal con Dios. Solo así la fe deja de ser una mezcla de creencias y se convierte en una opción de vida coherente con el Evangelio.
Cuando una persona tiene un encuentro personal con Dios, a través de su Palabra, la fe deja de ser una tradición y se convierte en una relación. Entonces, se comprende que el cristianismo no es compatible con cualquier creencia, sino que invita a una vida coherente, iluminada y guiada por Cristo. Por ello, la Evangelización y la proclamación constante de la Palabra son esenciales para que el bautismo dé frutos reales en la vida de los creyentes.
Hagamos esta oración:
Señor, gracias por el don del bautismo. Hoy, te pedimos que despiertes en nuestro corazón el deseo de conocerte y de escucharte.
Permite que tu Palabra sea proclamada con verdad y amor y que, al recibirla,
podamos convertir nuestra vida y caminar según tu voluntad.
Que nuestro bautismo dé fruto, que no sea solo un recuerdo del pasado, sino una fuente viva, que transforme nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestra manera de amar. Espíritu Santo, guíanos a una fe auténtica, para que vivamos como verdaderos discípulos de Cristo.
Amén.
