6 de febrero de 2026

La pedagogía divina forma corazones

Hay historias que, al tiempo que nos hacen sonreír, incluyen una profunda enseñanza espiritual: Ramón, un hombre sin estudios, que, después de cambiar un foco en la sala de su casa, pensó que sería conveniente llevar a cabo algunas mejoras en la electricidad. Decidió ir a una tienda para conseguir lo que necesitaba, tocó donde no debía, y murió electrocutado. Esta trágica historia nos deja una lección: La ignorancia es letal. 

En la vida espiritual sucede algo parecido: quien no recibe formación, termina dañado. A nivel espiritual, la formación no es mera técnica; tampoco es transmisión de contenidos, porque formar un alma es una tarea muy delicada, es llevar al alma a ser iluminada por la gracia divina. 

Es por ello por lo que la formación cristiana toca los corazones humanos, busca hacerlos capaces de amar. Formar no es imponer moldes: es despertar vocaciones y, por ello, es indispensable respetar el tiempo y el ritmo que cada uno tiene, para que el Espíritu Santo pueda delinear las virtudes que llevan al Señor. 

Lo que es muy importante es que la formación espiritual no se trata de fabricar almas idénticas, sino de afinar la libertad de cada una de ellas al compás del amor de Dios. Jesús, en su enseñanza, echaba mano de lo cotidiano para convertirlo en un aula; cada conversación era una lección viva y un encuentro, donde la transformación espiritual se daba de manera natural. 

El encuentro con la samaritana (Jn 4, 1-42) es muestra de su pedagogía: Primero, parte de lo humano: “¿Me das de beber?” Y, enseguida, despierta la curiosidad y el deseo: “Si conocieras el don de Dios”-, al tiempo que toca la herida concreta de cada uno: “Cinco maridos has tenido” y, para finalizar, revela el misterio: “Soy yo, el que habla contigo”. Esta pedagogía es cercana a quien recibe la formación, no condena, no humilla, sino que devuelve la dignidad; Jesús es especialista en rehabilitar desde la herida, de modo que Dios no borra la fragilidad, sino que la convierte en fuente.  

Es una formación que levanta, no señala la culpa, nos gana para sí desde la caída. La auténtica pedagogía cristiana es aquella que no excluye, sino que integra; es la que no impone, sino que invita al bien, es la que abre horizontes: es ayudar al otro a escuchar su nombre nuevo, ese nombre que Dios pronuncia con ternura. 

BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA: 

San Josemaría Escrivá, Camino, puntos 377-382. 

Romano Guardini, La esencia del cristianismo

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I. 

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