Queridos amigos lectores, llega el mes de febrero y queremos hablar del amor y la amistad, pero siempre lo hacemos a nivel humano. Ahora, me gustaría que nos enfoquemos sobre el amor incondicional de Dios hacia nosotros y que es un llamado a vivir en plenitud.
«Con amor eterno te he amado, por eso, he reservado gracia para ti» Jr.31,3. El amor de Dios es una realidad central en la vida cristiana, es una experiencia profunda que transforma nuestras vidas y nos invita a vivir con esperanza y confianza. Este amor es personal, cercano y lleno de ternura. Dios nos pensó desde la eternidad y nos creó por amor y para el amor.
Dios nos ama como un padre y, también, como una madre. Dios, como Padre, nos guía, corrige y protege. Jesús mismo nos enseñó a orar a Dios, diciendo: “Padre nuestro”, es un llamado a reconocer el amor paternal de Dios, para tener una relación de cercanía, confianza y amor filial con Él. También, nos ama, con un amor lleno de ternura, afecto y el cuidado de una madre, como lo expresa el profeta Isaías: “Como aquel a quien su madre consuela, así yo los consolaré a ustedes”. Is.66,13.
La manifestación más grande de este amor incondicional es la entrega de Cristo en la cruz. Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y dio su vida por nosotros, mostrando que el amor de Dios no tiene límites ni barreras. Es un amor que nos llama a vivir en libertad y a seguir el ejemplo de sacrificio y servicio de Cristo.
Ser hijos de Dios implica que somos herederos de su Reino y, como herederos, no solo recibimos las bendiciones de Dios, sino que también tenemos la responsabilidad de vivir como testigos de su amor, llevando su luz a los demás.
Ser hijos de Dios significa vivir con la certeza de que somos amados, que nuestra identidad no está en lo que poseemos ni en lo que logramos, sino en nuestra relación con Él. Al comprender nuestra dignidad como hijos de Dios, encontramos la paz que solo Él puede ofrecer y nos convertimos en instrumentos de su amor y misericordia en el mundo. Este amor divino nos da fuerzas para enfrentar las dificultades de la vida, con la seguridad de que, como herederos, tenemos un lugar asegurado en el corazón de Dios y en su Reino eterno. Amén.
