6 de febrero de 2026

Amor práctico 

Vivimos en un mundo que ha decidido concentrar casi toda su atención en lo tangible, en lo medible, en lo útil. Un mundo que confía en indicadores, métricas, resultados inmediatos y eficiencias comprobables. No es que todo ello carezca de valor, pero, cuando se convierte en el único criterio para orientarnos, algo esencial queda fuera. En ese énfasis exclusivo por lo práctico se abre un vacío silencioso: el de aquello que no se puede pesar, pero que sostiene la vida; el de lo que no se cuantifica, pero da sentido. No es casual que Albert Einstein lo haya expresado con tanta claridad: “no todo lo que puede ser contado cuenta, y no todo lo que cuenta puede ser contado”. 

En los últimos años, sin embargo, he percibido un cambio sutil. Lo he visto, sobre todo, en las generaciones más jóvenes. Empiezan a preocuparse más por lo que sienten, por las experiencias que viven, por el significado de lo que hacen. Buscan vínculos auténticos, bienestar interior, coherencia entre lo que piensan, sienten y viven. No han dejado de interesarse por lo medible — porque es necesario para muchos aspectos de la vida — pero ya no lo consideran suficiente. Intuyen que hay algo más. Y, sin embargo, el mundo sigue diciéndoles que se concentren en lo que genera dinero, fama o prestigio; que no pierdan tiempo en preguntas “inútiles”; que, primero, resuelvan lo funcional y, luego, si queda espacio, se ocupen del alma. Tal vez esta desconfianza hacia lo espiritual sea una reacción histórica a los excesos de épocas en las que se pretendió salvar almas sin importar el cuerpo humano. 

Aquí, conviene recordar a Teilhard de Chardin, cuando afirma que no somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual, sino seres espirituales teniendo una experiencia humana. Somos carne, hueso y espíritu; una unidad indivisible. En este contexto, resuena con fuerza su intuición profética: “El día en que el hombre domine el amor habrá descubierto, por segunda vez, el fuego”. No se trata de un amor sentimental, sino de una fuerza capaz de mover la voluntad, de orientar la historia, de encender nuevamente la vida desde dentro — me parece que quienes más pueden comprender esto son los que han experimentado el amor de madre. 

A esta visión, se suma la clave sencilla y radical de Pedro Arrupe: “Nada es más práctico que encontrar a Dios”. En un mundo obsesionado con la utilidad, Arrupe invierte la lógica. Encontrar a Dios se convierte en la brújula que ordena deseos, decisiones y caminos. Esta es la sabiduría profunda de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola: aprender a discernir, a escuchar los movimientos del espíritu y a elegir aquello que conduce al bien mayor y a una vida más plena. 

Tal vez, el verdadero acto práctico de nuestro tiempo sea atrevernos a volver a lo intangible: al amor, al sentido, al Espíritu que sopla donde quiere y nos conduce, silenciosamente, por los caminos del bien y de la vida en abundancia. 

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