Hoy, deseo compartir una preocupación que llevo en el corazón. He observado que cada vez somos menos las personas que asistimos con regularidad a la Santa Misa, la mayoría somos ya adultos mayores. Me duele ver que los jóvenes, los niños y las familias se están alejando de la Iglesia. Sin ellos, el futuro de nuestra fe se debilita.
Cuando era niña, mis abuelas me enseñaron a amar a Dios, a orar y a acercarme a Él. Fueron mis primeras maestras en la fe y, con su ejemplo, descubrí la alegría de caminar con Jesús. Estoy convencida de que los abuelos tenemos una gran misión: llevar a nuestros nietos al encuentro con Cristo. ¿Cómo podrán acercarse a la Iglesia, si no conocen a Jesús? Es nuestra tarea mostrarles su rostro, hablarles de su Palabra, escuchar sus inquietudes y compartir con ellos nuestras experiencias de vida y los milagros que hemos visto obrar en nuestro camino.
Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Él nos conduce al Padre, el Padre nos regala el amor, la paz y la verdadera felicidad. Muchos jóvenes buscan caminos espirituales, en donde Dios no está, intentando llenar su vacío con armonías pasajeras. Por eso, como abuelos(as), seamos guías y testigos vivos de la fe. Enseñemos a nuestros nietos a orar, a dialogar con Dios, a confiarle sus problemas, inquietudes, ilusiones, sueños y esperanzas.
Tratemos de acercar a los jóvenes al Señor con creatividad y despertar nuevas vocaciones, continuando la misión que Él nos ha encomendado: construir su Reino, sostener a nuestros sacerdotes, religiosas y ministros, y seguir sirviendo a Dios con alegría durante toda nuestra vida.
La fe se transmite con el ejemplo. Los nietos y los jóvenes no solo escuchan nuestras palabras, observan nuestra manera de vivir. Si nos ven orar, acudir con alegría a la Eucaristía y confiar en Dios, en medio de las dificultades, ellos aprenderán que la fe es un tesoro que ilumina toda la vida. Nuestro testimonio silencioso, lleno de amor y esperanza, puede ser la semilla que despierte en ellos el deseo de seguir a Cristo.
Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser abuelos y abuelas misioneros, que, con ternura y paciencia, sepamos guiar a las nuevas generaciones hacia su corazón. Que nuestra voz sea eco de la Palabra de Dios y que nuestras manos sean instrumentos de servicio y caridad. Así, unidos en familia y en comunidad, podremos fortalecer la Iglesia y abrir caminos de paz y fraternidad para el mundo entero.
Que el Espíritu Santo nos fortalezca en esta tarea y que la Virgen María nos acompañe en este camino de amor y esperanza. Que así sea.
