La Epifanía es la fiesta de la manifestación: Dios que se muestra, Dios que se deja encontrar. Este año quisiera contemplar un matiz particular, inspirado en Teilhard de Chardin: cómo Dios se manifiesta a través de la materia. La teofanía no es una idea abstracta; siempre sucede en algo concreto.
La historia lo narra sin ambigüedades: una estrella que brilla según su naturaleza, un niño envuelto en pañales, una mesa que espera el nacimiento del amor, un pan que parte la familia mientras busca al “muñeco” escondido. La revelación divina ocurre en realidades físicas que hablan, anuncian y guían.
Si el ser humano puede encontrar a la Divinidad es porque Dios eligió la materia como uno de sus primeros lenguajes. La materia manifiesta una realidad mayor y nos acerca a Dios de manera clara y tangible: la materia es todo menos profana. Pues Aquel que se hizo carne tomó pan y vino y los convirtió en su Cuerpo y Sangre. Con ese gesto, Jesús mostró que la materia no es obstáculo para lo divino, sino su vehículo más humilde. Al bendecir lo material, santificó nuestra condición humana… y con ella, toda la creación.
¿Cómo te habla hoy Dios a través de la materia? A mí, por ejemplo, en la luz que se filtra entre los árboles, en el pan que compartimos, etc. Lo hace cuando la materia cumple su vocación más profunda: ser signo de la Presencia.
Herodes conocía las profecías, pero no vio; los magos, en cambio, dejaron que una estrella los condujera hacia Dios. La Epifanía nos invita a lo mismo: abrir los sentidos para reconocer la santidad escondida en lo concreto, dejar que la materia encendida por Dios nos toque, nos transforme, nos lleve al encuentro. Y ahí, entonces, responder al amor recibido, con nuestras versiones de oro incienso y mirra.
Quizá ahí radica el milagro de la Epifanía: Dios se manifiesta, y lo hace en lo que podemos ver, tocar, oler y gustar. La creación entera es teofanía. Basta disponerse a encontrarlo para sabernos amados… y para devolver ese amor al Padre.
Teofanía: manifestación de la divinidad de Dios.
