26 de enero de 2026

Cuesta la cuesta

La cuesta de enero es el momento del año en el que la magia de las fiestas decembrinas comienza a desvanecerse sin hacer ruido, como la llama de una vela que se va apagando lentamente.  

Las promesas de cambio, esas que me hice con tanto entusiasmo en medio de la emoción de las celebraciones, me llevan a confiar en que este año será diferente, que esta vez, ¡sí lo lograré!

Arranca enero y es como si el universo me dijera:

—¡Felicidades, sobreviviste a diciembre, ahora prepárate para pagar la factura! 

—Pero ¿por qué tiene que ser tan cuesta arriba? ¿No podemos simplemente tomar un descanso y empezar en febrero? 

Después de todo, los propósitos de año nuevo pueden esperar. La verdad es que enero es como un lunes de cualquier semana del año; arranco con brío y para el fin de semana, no quiero levantarme de la cama. ¡Un mes más no hará la diferencia! Puedo disfrutar del frío, del café caliente y de la tranquilidad de saber que restan once meses para cumplir con mis nuevos compromisos. Algunas personas comienzan a trabajar en los suyos hasta marzo o abril y los suspenden en la Semana Santa —me repito a mí misma, mientras intento justificarme. En fin…

La cuesta de enero es un momento de reflexión que me recuerda que el cambio es un proceso, no un evento y que, con frecuencia, las metas que me propongo iniciar el primer día, del primer mes, de cada año que comienza, son solo parte de un cuento que recreo en mi cabeza. En realidad, puedo arrancar en cualquier momento, analizando los objetivos que son realistas para ir cumpliendo con alguno, aunque sea solo uno.

¡Cuesta la cuesta, aun así, bienvenido enero!

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