26 de enero de 2026

La Espiritualidad de la Cruz 

La Espiritualidad de la Cruz: Camino de Amor y Transformación

El sábado 11 de octubre, el padre Hugo Maese, M.Sp.S., nos compartía con fervor que la Espiritualidad de la Cruz no es sólo una doctrina, sino vida, regalo y don de Dios. Es un proceso de santidad que se vive en lo cotidiano, en lo profundo del alma, que busca a Dios. Esta espiritualidad es una relación constante con el Padre, donde el Espíritu Santo toma la iniciativa para guiarnos, sostenernos y transformarnos. Es, también, respuesta humilde y confiada a nuestra sed de Dios.

El culmen de esta espiritualidad es valorar el sufrimiento como misión salvífica, como participación en la redención. Este misterio quedó sellado, el 14 de enero de 1894, cuando Conchita Cabrera de Armida, en un acto de amor radical, graba en su pecho el monograma JHS, ofreciendo su vida por la salvación de la humanidad. Desde ese momento, Dios nos regala las Obras de la Cruz, cuyo propósito es llevarnos a la identificación con Cristo, para dejarnos transformar, colaborar con Él y así realizar su misión.

La Cruz del Apostolado es una cruz pascual, luminosa, que representa la promesa de Jesús a Conchita: la santificación en la vida diaria. Es un don que se recibe con fe y se acoge con amor. ¿Cómo se vive esta espiritualidad? En el otro, siendo hostias vivas, santas y agradables a Dios, como nos exhorta San Pablo en Romanos 12,1.

Se vive a través de las virtudes sacerdotales: el amor, la pureza y el sacrificio. Practicarlas implica una entrega humana, una renuncia que se convierte en ofrenda. También requiere el estudio de la Palabra, para conocer a Cristo, amarlo y dejar que Él viva en nosotros.

Esta espiritualidad es un proceso de transformación interior, que nos lleva a sentir, amar, pensar, vivir y actuar como Jesús. Nos une más profundamente a la humanidad, por eso, Conchita clama con el corazón abierto: “Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos.”

Y, tú, ¿cómo puedes vivirla hoy? 

Con la previsión del día: al despertar, medita qué cree tu corazón que Dios quiere de ti en esta jornada y trabaja en ello con amor. Al finalizar el día, realiza un examen de conciencia, preguntándote si lo cumpliste, si tu amor se reflejó en el otro. Recordemos que el amor verdadero siempre se dona, siempre sale de sí. Hagamos del sacrificio cotidiano un momento santo, sagrado y agradable a Dios. Que nuestra vida sea cruz luminosa, semilla de redención y eco del amor de Cristo.

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