26 de enero de 2026

Somos Santuario de Dios

Concepción Cabrera escucha que Jesucristo le dice: «El cuerpo […], en el hombre, debe ser sagrado, tanto porque lleva en sí al alma, ser inmortal y reflejo de la Trinidad, como por su contacto eterno con el Verbo hecho carne; es un santuario que debe ser custodiado».

«La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que “Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7)». El cuerpo participa de la dignidad de la imagen de Dios (cf. Gn 1,26).

Volvamos al texto de Concepción: «cómo el hombre debiera respetar ese cuerpo que le di, no para su adoración, sino para crucificarlo al espíritu, para subordinar sus pasiones a la razón, para tomarlo como medio santísimo para llegar a Mí sacrificándomelo».

Actualmente, muchas personas rinden culto a su cuerpo; dedican mucho tiempo y dinero para tener un cuerpo atractivo de apariencia juvenil, capaz de suscitar admiración y envidia. Sin embargo, nuestro cuerpo envejece, se cansa, se enferma y morirá.

No “tenemos” un cuerpo; somos cuerpo y alma. Nuestro cuerpo no es un enemigo ni una cárcel del alma; es un aliado. Fue manchado por el pecado, pero ha sido purificado por la sangre de Jesucristo.

Hemos de respetar y amar nuestro cuerpo; cuidarlo con responsabilidad, pero sin obsesión; con cariño, pero sin mimos. Y mantenerlo a raya, para que nos sirva «como medio santísimo para llegar a» Jesucristo y como instrumento para realizar la misión que Dios Padre nos ha confiado, en lugar de que sea un obstáculo o un impedimento.

San Pablo nos dice: «¿Acaso no saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes?» (1Co 6,19).

Nuestro cuerpo resucitará. Desconocemos cómo será esto o qué características tendrá, pero creemos firmemente que resucitaremos (cf. 1Co 15),

Mientras estemos en este mundo, glorifiquemos a Dios con nuestro cuerpo (cf. 1Co 6,20).

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