Creo que para nadie es un secreto que vivimos tiempos de sobre estimulación y en el que, de alguna forma, se nos exige que en todo el momento estemos ocupados, que todo el tiempo seamos productivos y que el descanso sea visto como un lujo o una irresponsabilidad.
No es poco común ver contenido en redes sociales en los que se invita a las personas a usar su tiempo libre para producir ingresos adicionales o a llenar nuestra agenda con actividades para no aburrirnos.
Si bien esta forma de vida tan rápida y hasta cierto punto estresante puede tener explicaciones económicas y sociológicas, también podemos darle una lectura desde un punto de vista cristiano.
Como creyentes, debemos encontrar un momento en los que podamos conectar con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Tener momentos en los que no se esté haciendo “nada productivo” puede propiciar tiempo de reflexión, actitudes tendientes a la oración y a conectar con el deseo de Dios inscrito en el corazón del ser humano.
Es necesario detenerse a contemplar un atardecer, el vuelo de las aves, disfrutar con la familia o los amigos, o simplemente acostarse y sentir la respiración para dejar el ajetreo cotidiano y permitir una reflexión más profunda.
Así como el profeta Elías nos enseña que Dios no estaba, ni en el huracán, ni en un terremoto, ni en un gran incendio, sino en el leve suspiro del viento, así también nosotros debemos encontrar a Dios en los silencios, esperándonos en el oasis de la calma, para acompañarnos, ahora si, en el movimiento de lo cotidiano.
¡Ánimo firme! ¡Qué viva la cruz (silenciosa)!
