La crisis de los hombres es un espejo de lo que callamos como sociedad. Hay frases que se quedan resonando más allá, una de ellas es esta, que escribe Glennon Doyle en Untamed, con respecto a su hijo: «Te he estado enviando el mensaje equivocado. Sin querer, te enseñé que lograr cosas allá afuera es más importante que servir a tu familia aquí dentro. Si no entiendes eso, nada de lo que hagas allá afuera importará demasiado.”
Esto me hizo reflexionar sobre cómo nos hemos acostumbrado a dar lo mejor afuera, donde se mide, se aplaude, se reconoce; y a dejar a lo más íntimo apenas lo que sobra. Es un patrón que se repite en familias, en relaciones, en la forma en que enseñamos a niños y niñas a ubicarse en el mundo.
Con el regreso a clases, vemos a niños sonrientes con su mochila y uniforme, pero pocas veces nos preguntamos qué aprenden sobre cómo ser hombres. Celebramos al estudiante aplicado o atleta prometedor, pero rara vez pensamos si están aprendiendo a ser seres humanos completos.
Las cifras lo confirman: los hombres se quedan atrás en la escuela y el trabajo. Uno de cada cuatro, mayores de cincuenta, declara no tener amigos cercanos, y los adolescentes consumen pornografía como escuela emocional. En ese vacío, crecen referentes como Andrew Tate, que ofrecen respuestas rápidas a preguntas complejas, explotando las inseguridades para vender soluciones mágicas.
Los niños aprenden que mostrar ternura o miedo es castigado, mientras los papás callan ante sus problemas y no dimensionan la magnitud de sus conductas. Se trata de una masculinidad ausente. Pero surge la oportunidad de guiarlos hacia una masculinidad con empatía y responsabilidad.
Caitlin Moran admite que comprendió que los problemas de las mujeres no se resuelven sin los hombres y los problemas de los hombres siempre repercuten en las mujeres.
Sin empatía, perdemos porque dejamos que otros capitalicen el resentimiento masculino. Y, sin diálogo, también, porque dejamos a los hombres solos. La crisis masculina se resuelve con ambos. Corresponde a familias y escuelas desmentir este hecho, porque enseñar a los niños a nombrar emociones es contar con hombres que no teman cuidar, ni ser cuidados.
