Con espíritu abierto y corazón agradecido, continuamos meditando sobre las virtudes que el Señor, en su infinito amor y misericordia, reveló a la beata Concepción Cabrera de Armida. Guiados por el Espíritu Santo, nos adentramos en sus escritos, donde ella, con humildad y entrega, dejó testimonio del camino de santidad que Jesús nos heredó.
Este mes, elevamos nuestra mirada hacia la virtud de la unión, deseando que su luz nos inspire a vivir en comunión profunda con Dios y con los demás, siendo reflejo fiel de su amor en cada gesto, palabra y encuentro.
La unión: reflejo del amor divino
El Señor, conmovido, reveló a Conchita que la unión es como una madre que da vida a la perfección. Esta unión no nace del esfuerzo humano, sino de la caridad, que es el mismo Dios: tres veces Santo, fuente infinita de amor.
No se llega a esta unión por caminos fáciles. Solo un alma purificada por el dolor, formada en las virtudes y libre de todo egoísmo puede entrar en ese espacio sagrado; un alma humilde, obediente, que ha aprendido a decir “sí” a la Voluntad Divina, incluso cuando no entiende del todo el porqué. Esa voluntad es el lazo invisible que une al alma con Dios y, en esa unión, el alma empieza a saborear el cielo.
La unión, la santidad y la perfección no son simplemente virtudes que se practican; son grados de gracia, dones elevados que Dios concede, cuando el alma se deja transformar. En ese estado, el alma no solo vive para Dios, sino que se pierde en Él, reconociéndolo como su origen y su destino.
Señor, tú nos das gracias tan profundas que, no solo nos ayudan a vivir con virtud, sino que nos elevan a una dimensión más allá de lo humano. Estas son como espejos limpios, que reflejan tu luz, tu amor, tu presencia. Y, en ese reflejo, Tú mismo te acercas a nosotros, porque eres el origen de todo lo bueno, el fuego que enciende la vida, la perfección que todo lo llena.
Te pedimos que nos concedas vivir abiertos a esa luz, que nuestras acciones reflejen tu bondad y que nuestras almas, purificadas y humildes, puedan vivir en tu presencia cada día.
Señor, fuente de toda perfección, te pedimos que derrames sobre nosotros las gracias necesarias, para vivir en unión contigo, sembrando en nuestra vida las virtudes que nos purifican, nos transforman y nos conducen a la santidad. Que, dóciles a tu voluntad, aprendamos a amar con humildad, a obedecer con confianza y a caminar cada día hacia Ti, reflejando tu luz en el mundo. Amén.
Referencias: Cabrera, C. (2000). Amor Activo. Obras Completas. Tomo 1. México: Editorial La Cruz, S.A. de C.V.
