El camino de la vida, para el cristiano de fe, se prolonga a la eternidad desde el día de su Bautismo porque, en este signo tan trasformador y pleno que nos hace hijos de Dios, también nos hace morir con Jesús para el pecado y resucitar con Él a la vida eterna.
Por ello, cuando Jesús viene con el alegre anuncio de que ya está preparada nuestra morada y terminado nuestro tránsito por el mundo, no debemos temer ni acongojarnos, sino dar gracias a Dios, transitar entre lo temporal de nuestra existencia en el mundo y caminar hacia la eternidad, que ya desde nuestro Bautismo gozamos, pero que tomaremos plena conciencia en este tránsito de existencia.
Quizá la muerte sea el misterio que más tememos los hombres, pues nos inserta en una realidad, donde nuestra verdad cobra su forma total y plena; ya no podemos esconderla tras la fugaz excusa de la imperfección y debilidad, en la que escondemos nuestra voluntad, porque es la conciencia plena de la voluntad de Dios, con la que contrastamos nuestras propias decisiones, algunas veces, por inconsciencia; otras, por rebeldía y, otras, por curiosidad, pero, siempre, manifestando nuestro deseo, autoridad y voluntad al realizarlo.
Al llegar al momento de hacer cuentas, ver cuánto hemos perdido el rumbo de perfección y santidad al que Jesús mismo nos ha llamado, es cuando entra en nosotros el miedo, dolor y angustia de cómo podemos corregir y recuperar la ruta; es cuando Dios mismo sale, como el Padre del hijo pródigo y nos abraza, nos llena de consuelo y nos otorga el perdón, haciendo que recuperemos nuestro lugar en la asamblea.
La muerte es el momento en que la verdad de nuestro ser y lo que hemos hecho se revelan en su totalidad comprendiendo que Dios mismo nos ve desde toda la eternidad, nuestra voluntad y nuestros actos; nos permite enfrentar lo que estos han trasformado la vida de los que estuvieron cerca de nosotros. Así, podemos arrepentirnos y conocer la magnitud del camino de perdón que debemos recorrer.
