La virtud de la perfección.
Una vez más, contemplamos las virtudes que el Señor reveló a la beata Concepción Cabrera de Armida. Con un corazón dispuesto, acudimos a sus escritos donde, dócil al Espíritu Santo, plasmó el camino de santidad que nos dejó Jesús en su legado. Dirijamos nuestra mirada hacia la perfección, para ser un reflejo de su amor.
La perfección no es un logro humano, es un susurro del cielo; un reflejo del amor divino, encarnado en el alma que se deja moldear por la voluntad de Dios:
- Es hija de la caridad, nacida del mismo Dios, y tiene el sacrificio como aliento vital.
- Se manifiesta en lo oculto, donde el alma renuncia a todo protagonismo para abrazar la humildad profunda, permitiendo a Dios obrar en el secreto de su corazón.
- No busca reconocimientos: como Cristo oculto en la hostia, hace el bien como si no lo hiciera, elevándose así a una unión sublime con el Creador.
Dios se revela en el fondo oscuro del alma, donde la luz humana no llega, donde la pureza y la entrega total lo hacen habitable. Esta perfección no es únicamente moral o exterior (vida cristiana), sino mística e interior, una gracia que conduce a la unión íntima con el Amor Crucificado.
El camino de perfección para el alma es vivir crucificado con Cristo —por amor— haciendo de cada renuncia, cada silencio, cada acto oculto, un altar, donde Dios habita. El alma que anhela la perfección no transita por caminos de gloria, sino por senderos profundos de desolación y despojo, donde todo consuelo humano se desvanece. Es un peregrinaje interior, marcado por la ausencia de Dios, por la aridez del espíritu y por el dolor agudo que desgaja las capas del yo, hasta dejar al alma desnuda frente a su única esperanza: la Voluntad Divina. Este proceso de purificación, en la Espiritualidad de la Cruz, es fuego de amor que transforma:
- Las sequedades y arideces son como desiertos, que vacían el alma de apegos, enseñándole a beber solo de la fuente divina.
- Las amarguras y desamparos profundos despiertan una confianza radical, donde el alma, sin sostén visible, se ancla únicamente en Dios.
- Incluso en la experiencia del “infierno interior”, donde el sufrimiento parece total y la oscuridad lo cubre todo, la gracia no desaparece, aunque se oculte. Es, aquí, donde se forja una fe pura, libre de apoyos sensibles.
En esta noche espiritual, donde todo se opaca y la cruz se vuelve pesada, el alma es pulida como un vaso de cristal, para contener la luz divina. La voluntad de Dios se convierte en la única roca, el único respiro, el único sostén. Solo desde ese abismo de entrega surge la verdadera unión, la que no es buscada por méritos, sino recibida por amor.
Referencias:
Cabrera, C. (2000). Amor Activo. Obras Completas. Tomo 1. México: Editorial La Cruz, S.A. de C.V.
