El amor de Dios se ve reflejado en la confianza que manifiesta, al respetar nuestras decisiones y autonomía, pues Él está atento a nuestras acciones y elecciones, a pesar de que nos llama a la prudencia y nos hace ver el error en que podemos incurrir, al tomar resoluciones apresuradas e irreflexivas, quizás abusivas e irresponsables, más nos deja seguir el camino de nuestra voluntad.
Sin embargo, como seres humanos, podemos sucumbir ante la seducción del mundo y del maligno que, al final, solo nos producirá daño, dolor, miedo y vergüenza ante los actos temerarios que cometemos, en contra de nuestros semejantes y de la voluntad de Dios, evitando que podamos sentirnos libres y que desarrollemos capacidades que nos ayuden a superarnos.
La libertad no es hacer lo que nos venga en gana, sin importar reglas y restricciones; es vivir en armonía con los demás y con nuestro entorno, desarrollar al máximo nuestras capacidades, al actuar en favor de los demás, dando respuesta con nuestras habilidades y recursos ante sus necesidades.
Ser libres nos permite eliminar los obstáculos sociales; los perjuicios y las ideas preconcebidas, que nos limitan a atender y entender a aquellos que no cumplen las expectativas que la sociedad impone, marginándolos o descartándolos. Ser libre es aceptar los impulsos del Espíritu Santo, para estar al servicio de los segregados, ignorados o excluidos, acercándonos a ellos, recuperándolos y dándoles el lugar que merecen en nuestra sociedad, al igual que todos los demás.
Para ser libres, debemos quitarnos las dependencias que nos limitan, los miedos que nos someten, respetar las normas y principios humanos que nos ayudarán a mantener la seguridad y una buena relación entre todos nosotros, que formamos parte de la sociedad y por aquellos que no forman parte de nuestra comunidad, para acompañarlos a incorporarse y enriquecernos con su presencia.
