En números anteriores, explicamos que la Iglesia, fundada por Jesucristo y animada por el Espíritu Santo, está unida a Dios y recibe, de Él, las gracias para extender su Reino en la tierra. Pues bien, una de las principales misiones encomendadas a ella, por Nuestro Señor, después de su resurrección, fue la de perdonar el pecado:
“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados, a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos, a los que ustedes se los retengan»” (Jn. 20:21-23).
Entonces, la capacidad y la autoridad para perdonar, que solo pertenecen a Dios, Jesucristo las ha confiado a la Iglesia para que las ejerza en su nombre. Como señala el catecismo de la Iglesia católica, “No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar… Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado” (§982).
La Iglesia cuenta con dos medios para esta misión: el Bautismo y la Confesión. Citando al catecismo: “el Bautismo es el primer y principal sacramento del perdón de los pecados, porque nos une a Cristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, a fin de que «vivamos también una vida nueva»” (§977). El Bautismo redime todo pecado, pero no elimina la posibilidad de que el bautizado vuelva a pecar. La Confesión ofrece, sacramentalmente, la reconciliación con Dios a todo bautizado que la busca con sincero arrepentimiento.
Dios nos llama a una conversión continua; no deja de esperarnos con brazos abiertos y, en la Iglesia, nos ofrece los medios para nuestra santificación. Confiemos en su infinita misericordia y en estas gracias que Él mismo ha otorgado a su Iglesia.
