Llegar hasta ti, mi querido Señor Jesús, por medio de este santo recurso de la oración, es disponerme a recibir todo lo que tu amor quiere hacerme experimentar y vivir hoy. Llegar hasta mis hermanos es como una consecuencia lógica de anhelar encontrarnos contigo.
No sé cómo hubiera sido mi vida sin oración; a pesar de mis limitaciones y fallas, siempre he experimentado la vida de oración hecha de retales de ternura, fortaleza, vida nueva. Han llovido los problemas, como es natural, pero tomados como oportunidad para crecer en la fidelidad y es la oración la que me ha hecho comprender su valor.
Las grandes personas, que han estado al frente de la Iglesia, como el Papa san Gregorio Magno, han sido personas de mucha oración, que las ha llevado a dar frutos que ni imaginaban. La Iglesia, a la vez que se abre paso por esta sociedad, que se empeña en impedírselo, ha sido como fermento para realidades nuevas, llenas de lo que llamamos las sorpresas del Espíritu Santo. Sí, porque vienen por donde menos lo imaginas.
Gracias, mi Jesús, un día más de oración; gracias por la luz y la fortaleza de tu Espíritu Santo, que se encarga de que no falte en mi vida esta posibilidad. La oración ayuda a saborear la misma palabra de Dios que, a su vez, alimenta la oración.
El salmo 144 me recuerda que “El Señor cuida de quienes lo aman…” y termina con un propósito: “Que mis labios alaben al Señor, que todos los seres lo bendigan, ahora y para siempre” (cfr. Sal 144).
Te pido que sienta ese cuidado y, por lo mismo, que todo mi ser te ame y mis labios te alaben.
Cualquiera que lea esta sencilla propuesta de oración pensará que el fervor sensible inunda mi ser y tengo que decir que lo hago en medio de una oscuridad y ausencia de consuelo. Y, sin embargo, eso es lo que me inspira, eso es lo que comparto, a eso es a lo que invito en tu nombre, mi Jesús.
Así como “el Hijo del hombre es dueño del sábado” (Lc 6,5), así es dueño de cada instante y sentimiento compartido, repartido y ofrecido, para unirnos muchos en la experiencia de poder hablarte, mi querido Señor Jesús, porque hace más sólida la experiencia misma de la oración.
María, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, refugio de pecadores, madre tierna y delicada, amorosa y celosa de nuestro bien, sigue orando con nosotros, mi Jesús y así te será agradable el pequeño homenaje de mi y nuestro amor.
Amén.
