El 6 de agosto celebramos la Transfiguración de Jesús. Después de subir a un monte Dios les reveló algo a los discípulos más cercanos. Se habla de un monte alto, de un resplandor y de discípulos atónitos. ¿Pero fue que Jesús cambió o que la mirada de los discípulos se abrió?
A veces creemos que el milagro sucedió en Jesús, como si por un momento hubiera cambiado de forma. Pero en realidad, el verdadero prodigio ocurrió en quienes lo miraron.
Jesús no se disfrazó de gloria, siempre la tuvo – es hijo amado. Cristo es luz de Luz, desde siempre y para siempre. Lo que cambió en aquel monte fue la mirada de Pedro, Santiago y Juan. Por un instante, sus ojos se abrieron para ver lo que ya estaba ahí: la plenitud de Dios entre nosotros.
El milagro de la Transfiguración es la gracia de poder ver lo sagrado en lo que parece ordinario. Es entender que, en la penumbra de la rutina, hay un fulgor escondido. Que el mismo Cristo que sube al Tabor, baja después a caminar, a compartir pan, polvo y cansancio. Y que, aun ahí, sigue siendo el Resplandeciente.
Hoy también, podemos pedir esa vista nueva. No para huir de la tierra buscando cielos lejanos, sino para ver el amor de Dios derramado en la tierra: en un rostro, en un abrazo, en un atardecer que incendia la tarde.
Quizá la Transfiguración nos enseña que la fe es, sobre todo, una forma de mirar; de abrir los ojos cuando quisiéramos cerrarlos; de ver la gloria escondida en la herida, la promesa viva en medio de la duda. Ver con ojos de fe es dejarnos iluminar por esa voz que dice: este es mi Hijo amado, escúchenlo.
Que este verano subamos también nosotros al monte Tabor para poder ver de forma diferente. Que ahí seamos testigos de su luz. Porque Jesús no cambia: es nuestra mirada la que necesita transfigurarse.
¿Cuál es tu monte Tabor?
