En nuestro corazón hay un anhelo de encontrar a Dios; por eso nos sentimos atraídos por la verdad, el bien y la belleza; por eso buscamos la felicidad. En todas las culturas hay celebraciones rituales y narraciones religiosas que nos hablan de este anhelo de acercarnos a Dios.
Pero mucho más fuerte que nuestro deseo de encontrar a Dios es el deseo que Él tiene de encontrarse con nosotros. Por eso se nos reveló y quiso que su Palabra quedara escrita en la Biblia; por eso la encarnación: Jesucristo es el signo más grande de la iniciativa que Dios-Trinidad tiene de acercarse a nosotros; por eso la Iglesia y los sacramentos.
Por lo tanto, nuestra actitud fundamental, como creyentes, no será la de buscar a Dios, sino la de dejarnos encontrar por Él. Sin embargo, nos resistimos; intuimos que el encuentro con Jesucristo traerá consecuencias, cambiará nuestra vida. Es más fácil buscar a Dios —un dios, muchas veces, hecho a nuestra medida—, que dejarnos encontrar por Él. Es más fácil realizar algunas prácticas religiosas y cumplir algunas normas, que seguir a Jesucristo.
A pesar de que nos hayamos escondido de Dios por mucho tiempo, a pesar de nuestras justificaciones y resistencias, Él nos sigue buscando. No es tan fácil escaparnos de Jesucristo; tiene una especial terquedad en buscarnos: el pastor «va a buscar a la oveja que se le perdió, hasta que la encuentra» (Lc 15,4). Nos ofrece su amistad, pero jamás nos la impone; siempre respeta nuestra libertad.
Y ¿por qué Jesucristo quiere encontrarse con nosotros? La respuesta es sencilla: porque nos ama y busca nuestro bien. Sin Dios, no podríamos llegar a la plenitud que anhelamos. El encuentro con Dios nos llena de paz, alegría y esperanza. Jesucristo nos anda buscando porque quiere nuestra felicidad.
