Hay semanas en las que abrir las noticias se siente como asomarse a un lugar que una preferiría no mirar. Me costó procesar todo lo que estaba leyendo, una mezcla rara, entre incredulidad y cansancio.
Porque, aunque algunos nombres, lugares o casos parezcan lejanos, la estructura que permite todo eso no es nueva. Creo que eso fue lo que más me removió, darme cuenta de que no estamos hablando de un “caso extremo”, sino de una lógica que se repite en distintas escalas, todos los días, sin muchas consecuencias hacia quienes la ejercen.
Durante años, Jeffrey Epstein fue visto como un simple financiero, amigo de ricos y famosos, con contactos en las más altas esferas de la élite mundial. Pero, detrás de esa fachada, operaba un sistema cuidadosamente diseñado para captar, manipular y explotar a más de mil mujeres y niñas durante dos décadas.
En los últimos días, la lista de personas vinculadas a él ha vuelto a crecer. Los nuevos nombres han salido a la luz, luego de que el gobierno de Estados Unidos publicara millones de archivos de su investigación sobre la trama de abusos sexuales.
El caso Epstein solía contarse como una historia de perversión individual. Pero los archivos recién revelados permiten leerla como un caso de arquitectura del poder. No se trata solo de lo que hizo él, sino de cómo pudo moverse, durante años, en círculos de élite, sin que casi nadie hiciera suficientes preguntas.
Las redes de poder operan como círculos de confianza. Y, cuando el acceso se basa en “yo lo conozco”, en lugar de procesos, rendición de cuentas y límites claros, el prestigio se convierte en una zona gris, donde hacer preguntas resulta de mal gusto. El silencio se viste de discreción y de supuesta lealtad.
Ahí es donde el techo de cristal excluye a quienes no pertenecen al círculo, mientras protege a quienes son parte de, incluso cuando hay señales que deberían investigarse. Y, eso, para muchas mujeres jóvenes aspirantes, modelos, asistentes, empleadas, significa quedarse calladas.
Casos como este revelan que, cuando el poder se mueve en círculos cerrados, la impunidad no necesita esconderse, porque se disfraza de normalidad. El techo de cristal no solo trata de quién no puede subir, también, trata de quién nunca es cuestionado.
