En la pascua del Señor debemos descubrirnos, puesto que hemos sido resucitados en Él, tal como nos lo dice San Pablo: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos. Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y, si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación y vacía también vuestra fe.” (1Co 15,12-14).
El hecho mismo de la resurrección de Cristo rompe la historia y le da un punto de referencia, donde todo se restableció, pues el hombre era una criatura a la cual el maligno había sometido y tenia una lucha sin cuartel para vencerlo. Mas Jesús, con su tránsito por el mundo, hizo al hombre capaz de recibir y mantener la presencia de Dios en sí mismo, mientras estuviera adherido a sus propuestas y obediente a sus mandatos. No por fuerza ni temor, sino por amor y decisión propia.
Jesús se hizo uno más de los hombres, para que el hombre se identificara y pudiera tenerlo como modelo de sus mismas dimensiones; por ello, al resucitar, le abre las puertas de la eternidad al hombre, que habían sido cerradas por el pecado de Adán y Eva. Ahora, esas puertas han sido abiertas para que el tránsito del hombre sea libre y seguro hasta Dios mismo.
Debemos vivir la Pascua, no solo por la gracia de que Cristo resucitó, que ya para nosotros es una buena noticia, sino que, al resucitar Cristo, también nos unimos a Él en su resurrección, para estar frente al Padre eterno.
Aceptemos aquello que nos dice San Pablo: “Fuimos, pues, con Él, sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo, fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre. Así, también, nosotros vivamos una vida nueva. Porque, si hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado.” (Rom 6,4-6)
