Concepción Cabrera escribe en su Cuenta de conciencia: «La libertad –me dijo el Señor– es la más grande aspiración del hombre».
La libertad es la «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos» (RAE). Podemos hacer un buen uso de ella, pero también un mal uso. A este mal uso lo llamamos libertinaje. Es el «Desenfreno en las obras o en las palabras» (RAE), la «Conducta viciosa o deshonesta», la «Falta de respeto a las leyes» (M. Moliner).
San Pablo nos exhorta a dejar el libertinaje: «Vivamos decentemente, como a la luz del día: basta de comilonas y borracheras, de inmoralidad sexual y libertinaje, no más envidias y peleas» (Rm 13,13).
En el escrito de esta laica, mística y apóstol, más adelante se dice: «Muy lejos está de [… la libertad] el que es esclavo de sus vicios y pasiones. La saciedad, el vacío y el remordimiento siempre lo acompañan, aun en medio de sus mayores placeres». Jesucristo nos había dicho: «En verdad, en verdad les digo: todo el que comete pecado es un esclavo» (Jn 8,34).
¿Cómo o por medio de qué encontraremos la libertad? «El hombre delira por la libertad; pues bien, la libertad está en el dominio y propio vencimiento».
San Pablo nos dice que una de las obras del desorden egoísta del ser humano es el libertinaje (cf. Ga 5,19), mientras que uno de los frutos del Espíritu Santo es el «dominio propio» (Ga 5,23). Si a este dominio le añadimos el cumplimiento de algunas leyes, habremos conquistado la libertad. Volvamos al texto de Concepción: “El hombre verdaderamente sabio está sujeto a las leyes divinas, a las humanas y sociales rectas, y la moral es la norma de su conducta”.
Jesucristo nos había dicho: «Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31-32). «Cristo nos ha liberado para ser libres; mantengámonos firmes y no nos dejemos atrapar de nuevo bajo el yugo de la esclavitud» (Ga 5,1).
