27 de febrero de 2026

Esperanza

Los tiempos se sienten inciertos. Basta mirar alrededor para percibirlo: crisis que amenazan, conflictos que se prolongan sin horizonte claro, un planeta herido, sociedades fracturadas, discursos que prometen seguridad a cambio de miedo; un futuro que muchos perciben más como amenaza que como promesa. La sensación dominante parece ser la de una espera tensa, como si algo estuviera por romperse o por revelarse.

Sin embargo, en el corazón de la fe cristiana, la incertidumbre nunca ha sido el terreno del miedo, sino el espacio propio de la esperanza. El miedo no viene de Dios.

La esperanza no es optimismo ingenuo ni evasión del presente. Es una virtud teologal: una manera concreta de habitar el tiempo, confiando en que la historia está habitada por la Divinidad.

Pierre Teilhard de Chardin se atrevió a afirmar que el futuro es mejor que todos los pasados, no porque esté garantizado por la comodidad, sino porque la creación está en proceso, orientada hacia una plenitud aún no alcanzada.

El Evangelio recuerda que nadie sabe el día ni la hora. Esta ignorancia no paraliza, despierta. Nos libera de la ilusión de control y nos devuelve la responsabilidad. Vivir preparados no significa vivir con temor, sino con atención a la vida — a quienes sufren y a lo que destruye, pero, también, a lo que nutre y da vida — a la creación, a su belleza y a su clamor. Es vivir de tal manera que seamos colaboradores y no espectadores.

Cristo no respondió a la incertidumbre con evasión, sino con encarnación. No enseñó a adivinar el mañana, sino a construirlo desde hoy: sanando, reconciliando, compartiendo, cuidando. Así, mostró que el Reino no se espera cruzado de brazos, sino que se anticipa en cada gesto que afirma la vida. Dios no observa el mundo desde fuera: Dios está con nosotros, implicado en la trama de la historia y de la creación, sosteniendo, atrayendo, llamando. Por eso, la esperanza cristiana no se aplaza al final de los tiempos; se encarna en gestos cotidianos que anticipan lo que aún no vemos.

Nosotros construimos el futuro con cada decisión, con cada acto de amor, con cada forma de habitar la casa común. Creer en el futuro, como intuía Teilhard, es comprometerse con él. Y, en tiempos inciertos, esa es quizá la forma más concreta y radical de fe: un acto de responsabilidad espiritual que cree que el mañana puede ser distinto y vive hoy como si esa promesa ya estuviera en marcha.

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