Cuando las mujeres tienen recursos, los países prosperan. Pero qué significa “tener recursos” para una mujer, hoy: ¿dinero, educación, tiempo, libertad, salud mental? ¿Y por qué importa?
Aunque hablemos de avances, el techo de cristal sigue ahí: las mujeres ocupan menos del 30% de los puestos directivos, cargan con la mayor parte del trabajo no remunerado y enfrentan obstáculos invisibles, que frenan su crecimiento profesional y económico. El sistema les exige mérito, en condiciones donde los hombres heredan privilegios.
La riqueza y el éxito amplifican los valores de la persona que los posee. Y, aunque su acceso no garantiza que una mujer se convierta en agente de cambio, existen ejemplos de quienes lograron acceder a ello y utilizaron su educación, su tiempo y su autonomía para formar hijos con valores y cuestionar estructuras que no fueron hechas para ellas.
Celia Amster, la mamá de Ruth Bader Ginsburg, formó a James Ginsburg, quien se convirtió en defensor del arte, productor musical y aliado público de la igualdad de género. Lo mismo ocurre con Mira Nair, quien, tras ser becada en Harvard, educó años después a su hijo, Zohran Mamdani, con una visión centrada en la igualdad y la justicia social.
Todos estos casos muestran lo mismo: cuando una mujer está bien equipada económica, intelectual y emocionalmente, transforma la vida de los hombres que cría. Sus hijos se convierten en adultos que ejercen el poder desde la empatía y no desde el dominio. Su impacto trasciende generaciones, porque la seguridad financiera le da la libertad para hacerlo.
Al final, la crianza construye o desafía las estructuras del sistema, pero el futuro no depende solo de las mujeres que logran ascender, sino de las condiciones que les permiten habitarlo y transformarlo.
Por eso, es urgente que sigamos luchando por la equidad, por la libertad financiera y por ganar espacios de poder y decisión. Porque, como escribió Yasmeen Khan, “las mujeres con recursos no solo crían familias, crían naciones.”
