7 de febrero de 2026

Entender para acompañar 

A veces, como padres, recibimos comentarios desde el kínder que nos duelen más de lo que admitimos: “hoy estuvo muy peleonero”, “contestó feo”, “no quiso seguir las reglas”. Escuchar eso de un hijo pequeño remueve culpas, dudas y temores. Pero antes de castigarnos, vale la pena mirar más profundo: el comportamiento es un lenguaje, y nuestros hijos nos hablan incluso cuando no encuentran las palabras correctas. 

Detrás de la conducta “grosera” suele haber algo más sencillo y humano: cansancio, frustración, necesidad de atención, inseguridad o dificultad para regular las emociones. Los niños aún no tienen las herramientas para expresar lo que sienten, y es en esos momentos cuando su cuerpo y su voz se desenfocan. Ser “peleonero” no es rebeldía por gusto; es energía acumulada o una forma desesperada de pedir conexión. 

En vez de quedarnos solo con la conducta, es valioso preguntarnos: ¿qué está necesitando mi hijo?, ¿qué situación lo desborda?, ¿cómo puedo ser yo un lugar seguro para que aprenda a calmarse? Cuando un niño se siente comprendido, su comportamiento cambia mucho más rápido que cuando solo recibe regaños. 

El trabajo empieza en casa, pero no desde la culpa, sino desde la presencia. Nombrar lo que sienten “parece que hoy estabas muy frustrado”, ofrecer rutinas claras, dar oportunidades para moverse y liberar energía, y modelar cómo se habla con respeto son semillas que, repetidas con paciencia, transforman su manera de relacionarse. 

También es importante trabajar en equipo con el kínder. No para repartir culpas, sino para construir un puente de apoyo. Cuando el hogar y la escuela hablan el mismo lenguaje emocional, el niño se siente sostenido desde ambos lados. 

Recordemos que la infancia es un territorio en construcción. Lo que hoy se ve como “grosería” puede convertirse mañana en fortaleza si lo acompañamos con empatía. Los niños no nacen sabiendo regularse: lo aprenden de los adultos que los miran con amor incluso en sus días más difíciles.  

Y ese acompañamiento, constante y paciente, es el verdadero camino hacia un comportamiento más sano y una convivencia más armoniosa. 

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