26 de enero de 2026

Construyendo el Reino desde la ternura de los abuelos

Hoy, deseo compartir una preocupación que llevo en el corazón. He observado que cada vez somos menos las personas que asistimos con regularidad a la Santa Misa, la mayoría somos ya adultos mayores. Me duele ver que los jóvenes, los niños y las familias se están alejando de la Iglesia. Sin ellos, el futuro de nuestra fe se debilita. 

Cuando era niña, mis abuelas me enseñaron a amar a Dios, a orar y a acercarme a Él. Fueron mis primeras maestras en la fe y, con su ejemplo, descubrí la alegría de caminar con Jesús. Estoy convencida de que los abuelos tenemos una gran misión: llevar a nuestros nietos al encuentro con Cristo. ¿Cómo podrán acercarse a la Iglesia, si no conocen a Jesús? Es nuestra tarea mostrarles su rostro, hablarles de su Palabra, escuchar sus inquietudes y compartir con ellos nuestras experiencias de vida y los milagros que hemos visto obrar en nuestro camino. 

Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Él nos conduce al Padre, el Padre nos regala el amor, la paz y la verdadera felicidad. Muchos jóvenes buscan caminos espirituales, en donde Dios no está, intentando llenar su vacío con armonías pasajeras. Por eso, como abuelos(as), seamos guías y testigos vivos de la fe. Enseñemos a nuestros nietos a orar, a dialogar con Dios, a confiarle sus problemas, inquietudes, ilusiones, sueños y esperanzas. 

Tratemos de acercar a los jóvenes al Señor con creatividad y despertar nuevas vocaciones, continuando la misión que Él nos ha encomendado: construir su Reino, sostener a nuestros sacerdotes, religiosas y ministros, y seguir sirviendo a Dios con alegría durante toda nuestra vida. 

La fe se transmite con el ejemplo. Los nietos y los jóvenes no solo escuchan nuestras palabras, observan nuestra manera de vivir. Si nos ven orar, acudir con alegría a la Eucaristía y confiar en Dios, en medio de las dificultades, ellos aprenderán que la fe es un tesoro que ilumina toda la vida. Nuestro testimonio silencioso, lleno de amor y esperanza, puede ser la semilla que despierte en ellos el deseo de seguir a Cristo. 

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser abuelos y abuelas misioneros, que, con ternura y paciencia, sepamos guiar a las nuevas generaciones hacia su corazón. Que nuestra voz sea eco de la Palabra de Dios y que nuestras manos sean instrumentos de servicio y caridad. Así, unidos en familia y en comunidad, podremos fortalecer la Iglesia y abrir caminos de paz y fraternidad para el mundo entero. 

Que el Espíritu Santo nos fortalezca en esta tarea y que la Virgen María nos acompañe en este camino de amor y esperanza. Que así sea. 

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