26 de enero de 2026

 Amor Activo:  La Caridad

El Señor nos revela una verdad sobre la Caridad situándola como la meta final del Amor y la expresión misma del Espíritu Santo en nuestras almas: «La Caridad es la cumbre de todas las virtudes, no es solo un acto ocasional, sino una fuerza que se derrama, tan vasta y divina que envuelve y santifica cada latido de nuestra vida, elevando a lo sobrenatural hasta el acto más sencillo”. ¡Imaginemos la trascendencia de esto!

Si nuestra virtud no está sellada por la Caridad, no tiene valor para la eternidad. La Caridad da vida a todo lo demás. Un fuego que nunca se apaga, siempre está obrando, luchando, comunicándose y atrayendo al alma a la acción. Y, ¿dónde ha decidido este Amor Divino y Activo concentrar su tesoro en la tierra? ¡En el dolor! «Ahí está el tesoro de la Caridad… Hija mía, el trono del hombre es la Cruz,» revela el Señor a Conchita.  

El dolor, abrazado con Caridad, se convierte en el lugar donde la entrega se hace perfecta y el Amor Activo alcanza su máxima gloria. En la fragilidad y en la ofrenda el Espíritu Santo halla su término más glorioso. ¿Cómo se logra esta alquimia espiritual?

Identificar el Dolor: No solo hablamos de tragedias, sino de las pequeñas cruces diarias: la frustración en el trabajo, la incomprensión familiar, la molestia física, la paciencia requerida ante la lentitud de otros.

Aceptación Activa: En lugar de resistir aceptemos esta dificultad por amor a Dios y al prójimo. Quién sufre una molestia crónica y aun así sonríe para no cargar a los demás, está haciendo de ese dolor un trono.

Ofrecer la Dificultad: El dolor se convierte en Caridad cuando decimos: «Señor, ofrezco esta frustración/cansancio/molestia, para obtener una gracia para mi esposo, para la conversión de un pecador, o para consolarte en tu Pasión.»

El Silencio Caritativo: Cuando alguien nos ofende o es injusto, el dolor de tragarnos la respuesta se transforma en un acto de Caridad al escoger el silencio o la respuesta mansa, buscando el bien espiritual del otro y la paz.

Amor Activo con las propias limitaciones: El dolor puede ser la lucha con nuestros propios defectos, nuestra impaciencia o nuestra debilidad. Si ofrecemos nuestras caídas a Dios con humildad, usamos la cruz de nuestro propio límite uniéndonos a la misericordia divina.

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