26 de enero de 2026

El amor incondicional en la mirada de Cristo

Muchas veces, lo más profundo de la vida cristiana se revela en lo sencillo y humilde, porque Cristo habla al corazón y su mirada nos transforma: “Y volviéndose el Señor, miró a Pedro” (Lc 22,61). En ese instante, Pedro se ve a sí mismo en su verdad, en su debilidad, y sus lágrimas brotan al darse cuenta de que Jesús sigue ahí con él, a pesar de todo no le ha soltado.

La mirada de nuestro Señor nos arranca el velo, nos revela quiénes somos, sin auto engaños, y nos invita y nos conduce a la conversión desde el amor, llamándonos con nuestro nombre: “Tú eres Pedro” (Mt 16, 18). Esta es una mirada personal, fijándose en nuestra verdad.

Salta a la vista que nuestra vulnerabilidad es oportunidad para Cristo Jesús; nuestras miserias, complejos, límites de carácter, imprudencias, impaciencias, nuestro pecado, Él lo transforma. Al mirarnos, nos hace conscientes de nuestra debilidad para que lo podamos acoger en humildad. No hay transformación cristiana sin el reconocimiento sincero de la propia pobreza, y tampoco hay humildad cristiana sin la fe en que Cristo me quiere a pesar de todo.

Miremos a San Pablo. Él estaba convencido de que era justo, honesto defensor de la Ley, hasta que la verdad lo derriba del caballo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch. 9, 5), una verdad que siempre llega envuelta en el amor divino, porque Jesús le mira con ternura, y le hace saber que no lo soltará por ningún motivo. 

Nuestro Señor no se aparta a menos de que lo echemos, no se escandaliza de nuestra vulnerabilidad, sino que nos carga y sostiene para llevarnos a la casa del Padre. A Pedro le dice: “Simón, he rogado por ti, para que no te falte la fe. Cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc. 22,32-34), ese es el amor que Jesús nos tiene, un amor incondicional.

El perdón siempre es iniciativa divina, es un don; no es algo que por nuestro esfuerzo alcancemos, como en la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). 

La mirada de Jesús nos desnuda porque nos quita las vestimentas viejas y roídas para revestirnos de su gracia desde su misericordia, hagamos de nuestra vida un encuentro con la mirada de Dios, que es una historia de amor.

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