Al pensar en el año que comienza, se me vino al recuerdo una historia que cuenta Benjamín González Buelta, de una plantita que crece en República Dominicana y que llaman “junquillo”. Tiene tantas raíces que es imposible eliminarla, al arrancarla vuelve a crecer. Incluso al echarle encima una capa de asfalto, estas frágiles plantitas buscan su camino hacia la luz y atraviesan el asfalto para sacar sus cabezas verdes.
A veces, al mirar nuestra realidad personal y social, nos sentimos un poco como si tuviéramos encima una capa de asfalto duro que nos tiene oprimidos, estructuras que van más allá de nuestras fuerzas. Quisiéramos dejar de caer en lo mismo de siempre, tener una mejor relación con nuestra familia o comunidad, aprender a perdonar, no guardar rencores, dejar de criticar, darle un poco más de tiempo al Señor en la oración y en la pastoral, ser más pacientes, más audaces…
Cada día queremos entregar el corazón, y al día siguiente vemos que está otra vez en su lugar, ¡qué difícil es quitar los viejos apegos! Y no se diga al echar una mirada a nuestro contexto: quisiéramos un sueldo más digno, vivir en una sociedad donde pudiéramos confiar unos en otros, tener paz, ver crecer a los niños en un mundo más limpio, más humano, más esperanzado…
En medio de esta sensación de frustración y desaliento que puede aparecer, nuestra fe nos pone en otra lógica, porque nos invita a descubrir a Dios presente en la realidad. Este Dios no es grandioso, al menos no el Dios de Jesús. Es un Dios humilde y encarnado, el que se identifica con los pobres y los últimos, con la pequeñez. Dios que ha querido entrar en la historia humana “desde abajo y adentro” para hacer germinar el Reino respetando los ritmos humanos.
La esperanza cristiana pide una mirada atenta y creyente, esa mirada que nos permita ver que, en el silencio de la historia (en la repetición rutinaria, en la aparente impotencia, en la fragilidad y pobreza de nuestros resultados), Dios está gestando algo nuevo, y hay momentos en que eso nuevo surge y se levanta, como los “junquillos” debajo del asfalto. Cuando parece que no pasa nada, siempre hay que preguntarnos qué novedad está gestando Dios ocultamente en mi vida, en mi entorno, en la realidad.
El problema no está sólo en ver mi fragilidad, mis dinamismos de muerte, o en darnos cuenta de la injusticia y los mecanismos destructores de nuestro mundo, sino en tener la sensibilidad para ver debajo del asfalto, para mirar la salvación de Dios que brota de la tierra, poder reconocer que Dios está trabajando en el fondo de la realidad, y alegrarnos y unirnos a esa fuerza de la vida que brota desde lo profundo.
