26 de enero de 2026

El sol que nace de lo alto

En los días más oscuros del año, cuando el sol parece extinguirse, la Iglesia celebra el nacimiento de la Luz. Como sabemos, la Navidad coincide con el solsticio de invierno: el momento en que la noche alcanza su plenitud y, al mismo tiempo, comienza a retroceder. 

No es casualidad. Desde antiguo, los himnos cristianos lo proclamaban: “Oriens ex alto, splendor lucis aeternae” — el Sol que nace de lo alto. 

El Evangelio de Juan lo expresa con palabras que resuenan desde el origen del tiempo: “En el principio, existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y, sin ella, no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”. (Jn 1, 1-5) 

En Cristo, Dios asume el polvo de las estrellas, el pulso de los elementos, la vibración íntima de la creación. El padre Teilhard de Chardin lo comprendió como nadie: la encarnación no es un hecho aislado en Belén, sino un principio cósmico. El universo entero se convierte en lugar de encuentro, en templo de la Presencia.

Así, en la noche de Navidad, la creación entera se enciende de nuevo con la promesa de sentido. Como canta el Benedictus: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.” Ese Sol – la energía divina que habita en toda materia – orienta cada átomo hacia su plenitud, hacia el Punto Omega.

En el corazón del invierno, la fe nos invita a mirar más allá; pues la materia vibra con la Presencia – cada átomo contiene una chispa del Verbo. Y, entonces, vale la pena recordar que, en la noche más larga, la Luz renace. Y el universo entero —desde el polvo de las estrellas hasta el latido más pequeño — entona un mismo canto: Gloria a Dios en la tierra, porque el cielo ha nacido en ella.

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