Es muy importante hacernos conscientes de que nuestras caídas no nos definen, sino los mejores momentos que hemos vivido, cuando Dios ha estado presente en nuestras vidas. Dios nos mira con amor y ve lo mejor de nosotros. ¿A qué se debe entonces que nosotros no veamos así lo que Dios mira en cada uno?
Las personas que sufren del “síndrome del impostor”, término acuñado en 1978 por dos psicólogas clínicas, Pauline Clance y Suzanne Imes, sienten que no merecen el éxito. Ellas atribuyen cualquier logro, no a su esfuerzo y capacidad, sino a la suerte, al momento oportuno, o a engañar a otros para que piensen que son mejores de lo que realmente son. Sienten que lo están inventando sobre la marcha, a diferencia de todos los demás, que realmente saben lo que hacen. Tienen la sensación de fingir por fuera, mientras están prisioneras por dentro de un sentimiento de falta de valor.
Pero ese pensamiento es incorrecto. La verdad es que, cuando podemos mantener la calma y ser pacientes con quienes amamos, cuando tenemos la disciplina de hacer lo correcto, a pesar de la tentación de seguir nuestros impulsos, eso es quienes realmente somos. De hecho, eso es lo más profundo de quien quiere seguir a Jesucristo nuestro Señor.
Lo que nos define no son nuestros peores momentos, pensamientos, acciones o actitudes. Dios ve lo mejor de nosotros, retiene nuestros mejores momentos, nuestros destellos de grandeza, donde la gracia ha actuado y nuestra voluntad ha buscado el bien.
El Evangelio nos invita a recordar que somos hijos amados de Dios y que estamos llamados a vivir con Él en la eternidad. Podremos sentirnos impostores; a veces, podemos sentirnos inútiles o invisibles, podemos mirar atrás y ver errores y sentir arrepentimiento, pero, desde la perspectiva de Dios, no hay olvido: cada uno es único y está aquí por una razón específica. Dios ve todos nuestros mejores momentos, que constituyen quiénes somos realmente.
Esos momentos brillantes son nuestro verdadero yo. Somos definidos por nuestras fortalezas, no por nuestras debilidades. Somos nuestros mejores momentos, no los peores. Si bien debemos asumir la responsabilidad de nuestros fracasos, merecemos el éxito y los logros que hemos alcanzado, tanto por nuestro esfuerzo como por la ayuda de Dios.
