Diciembre, el Adviento, las posadas, las vacaciones, las fiestas de fin de año, una temporada saturada de compromisos y de una montaña rusa de sentimientos, que van, de la euforia, a la nostalgia cada vez que recordamos la llegada del Niño Jesús.
Es bien sabido que también en estas fechas se dan episodios de tristeza y depresión, que hacen que algunas personas se encierren en sin mismas, sumergidas en sus recuerdos, lacerándose por lo que no pudo ser.
Pero también es la ocasión perfecta para sacar lo mejor de nosotros y, cómo no, si es en esta época cuando celebramos el acontecimiento que ha marcado a la humanidad: el nacimiento del Niño Jesús.
El nacimiento de un bebé es ya, de por sí, una bendición y una alegría para la familia que lo espera; sin embargo, celebrar el de nuestro Salvador es cada año motivo de preparativos especiales y gran gozo.
Solo sabiendo que el Niño Jesús es el Hijo de Dios podemos intentar comprender cómo alguien, tan pequeñito, puede mover nuestro ser para “Ver por los ojos de Jesús y que Jesús vea por mis ojos”, como decía el padre Félix de Jesús Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo.
La Navidad es el tiempo perfecto para regalarle a nuestro Redentor nuestra convicción de ser cada día mejores y que nuestras obras den cuenta de ello. Entonces, nos abriremos al Espíritu Santo, para que vaya moldeando nuestro corazón, cada vez más parecido al de Jesús de Nazaret.
Este es el mejor regalo que podemos ofrecerle, como diría el P. Félix, esmerarnos para darlo todo y más allá; es decir, genuinamente alojar al Niño Dios en nuestro corazón para que viva en él.
Que esta Navidad el amor con que Jesús llenó aquel humilde pesebre de Belén nos inunde y se desborde hacia los que nos rodean.
¡Feliz Navidad!
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