Mi Jesús, eres inabarcable, vienes a salvarnos y te haces uno como nosotros: no uno con nosotros solamente, sino uno como nosotros. Más aún, eres el único en plenitud, en todos los aspectos, y nosotros intentamos ser como tú, guiados por tu palabra. ¡Cómo me gustaría poder decir como san Pablo: “ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”!
Jesús, te decimos ven en este santo tiempo de Adviento, porque nos hacemos eco de toda la creación que sufre dolores como de parto hasta tu plena manifestación; te decimos ven porque te tenemos, te saboreamos, te gustamos y adoramos; te decimos ven, porque así definiste tu presencia con nosotros: “Salí del Padre y vine al mundo”; te decimos ven, porque crece en nosotros la capacidad de ti, porque Tú mismo lo prometiste y porque, en tu vida, tiene sentido nuestra vida.
Sabemos que tiene sus costes, hay consecuencias para tu venida y eso nos entusiasma, nos apasiona y compromete con la creación entera para una auténtica conversión ecológica y nos solidariza con los hermanos más pobres y necesitados que esperan de nosotros vivir Adviento – Navidad en clave de fraternidad.
¿Y tu Palabra de este día? Nos habla del gran profeta Elías como profeta de fuego, profeta de la fidelidad a Dios, profeta de la opción por el Dios de la alianza y será, después en el monte del Carmelo, una experiencia nueva como “suave brisa, de soledad sonora, como intimidad profunda”. Elías, arrebatado en un carro de fuego, (2 Reyes 2:11-14) volverá en los días del Mesías y, Tú, mi Jesús, lo aplicaste a tu santo precursor Juan Bautista.
Jesús, cuánta armonía hay en toda oración; qué oportunidad nos concedes de entrar en comunión con nosotros mismos, donde estás llenándolo todo de vida nueva, de espíritu de fortaleza, de palabras de fuego evangelizador.
Orar y seguir orando, orar para vivir sirviendo, orar para conectar con la voluntad de tu querido Padre, viviendo en un solo Espíritu de verdad y de amor.
Orar y seguir amando: amor que nos lleva al conocimiento “del verdadero Dios por quien se vive” que, ahora, contemplaremos en un pequeño recién nacido en brazos de su madre y envuelto en pañales.
La Palabra se hizo carne y, al hacerse carne, se hizo silencio. Eso nos permite una oración de contemplación, admiración, gratitud y crecimiento espiritual.
