Hemos llegado al último artículo del Credo, que culmina todos los anteriores. En él, se resume el plan de salvación que Dios ofrece a la humanidad, a través de Jesucristo: que alcancemos la vida eterna. Así se expresó Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:16).
Pero ¿qué es exactamente la vida eterna? ¿Acaso lo que ofrece Jesús es que evitemos la muerte y vivamos para siempre? Él mismo lo explicó claramente: “Esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn. 17:3). La vida eterna es conocer a Dios y vivir en unión plena con Él, como Jesús.
No se trata, por lo tanto, de que nuestra vida se prolongue infinitamente. Se trata, más bien, de alcanzar una forma trascendente de existir, de participar de la existencia de Dios — quien, como dijimos anteriormente, es la esencia misma de lo que significa existir, el ipsum esse, el que dijo a Moisés “Yo soy el que soy”.
Podemos retomar también lo que hemos dicho sobre el cielo. Como explica Benedicto XVI, el cielo no es un lugar, sino una realidad: una dimensión que ha sido instaurada por Cristo y en Cristo, en la que lo humano entra en contacto pleno con lo divino. “La realidad del cielo nace, más bien, mediante la unión de Dios y el hombre. Hemos de definir el cielo como el contacto de la esencia del hombre con la esencia de Dios” (Introducción al cristianismo 313) (consecuentemente, a una existencia eternamente separada de Dios, le llamamos muerte eterna, o el infierno).
Esa unión plena con Dios ya la podemos anticipar en la Eucaristía. Carlo Acutis, hoy santo, se expresó así: “Cuanto más recibamos la Eucaristía, más nos haremos semejantes a Jesús, de modo que, en la Tierra, tendremos un anticipo del Cielo.”
Otra frase de Acutis sintetiza el llamado a la vida eterna que Dios nos hace: “Nuestra meta debe ser lo infinito, no lo finito. Lo infinito es nuestra patria. Desde siempre, el Cielo nos espera.”
