26 de enero de 2026

La queja

Queridos amigos lectores, ¿alguna vez se han sentido en desánimo, a tal grado que, se quejan con Dios de sus situaciones? ¿Han pasado por «una mala racha» y quieren «tirar la toalla»? Esto es tan normal y común que Dios no se asusta de nuestras reacciones, sino que nos provee del alimento necesario para levantarnos y seguir nuestro camino.

El Antiguo Testamento nos platica sobre Elías quien, cuando pasa por una gran dificultad, se viene abajo, al grado de querer morir debajo de una planta (1R.19,4-5).  Esto ocurre después de que Elías huye de la reina Jezabel, desanimado, agotado y con miedo. Elías era un profeta obediente, pero estaba emocional y físicamente cansado. Y, ante esta actitud, Dios responde con compasión y, a través de un ángel, le da pan y agua para fortalecerlo.

Otro ejemplo, el pueblo de Israel, que, cuando Moisés lo lleva por el desierto, hacia la Tierra Prometida, se va quejando, a pesar de haber sido testigo de grandes milagros: la apertura del Mar Rojo, el maná que cae del cielo, la columna de fuego que los acompañaba de noche, etc.

Lo que importa no es la queja, sino la forma de quejarse. Israel mostraba un corazón incrédulo, lleno de murmuración contra Dios, no confiaba en Él. En cambio, Elías refleja un corazón herido y agotado, se queja, pero no deja de buscar a Dios. 

A nosotros, nos sucede lo mismo. Cuando pasamos por una serie de dificultades que nos complican la vida: enfermedades, quedarse sin trabajo, pérdidas humanas o materiales, etc., queremos sentarnos bajo nuestra retama: la queja o la depresión, al grado que nos paraliza la vida. Y esto es normal, lo que lo diferenciaría es la actitud ante la queja.

Jesús nos enseña en la oración del Huerto, la forma de quejarse con Dios, cuando dice: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Mt.26,39

Lo importante de quejarse, es quejarse junto a Dios, con Él a nuestro lado, y no contra Dios, dándole la espalda con un corazón desagradecido.

Pidamos al Espíritu Santo tener un corazón sincero y agradecido, aunque a veces cansado. Que nos libre de una actitud que murmura y olvida sus bendiciones. Señor, enséñanos a confiar en Ti, incluso en nuestro desierto. Amén.

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