12 de marzo de 2026

No descuidaré ocasión alguna de hacer el bien

Concepción Cabrera es una mujer esperanzada y esperanzadora. Y aunque la esperanza teologal tiene como objeto directo la vida eterna, también se ocupa de las revalides temporales, en especial del amor al prójimo (cf. Mc 12,31).

En mayo de 1911, ella hace ejercicios espirituales; en ese contexto, en un examen, escribe:

Amor al prójimo.

1º Jamás herirlo en pensamiento, palabra y obra.

2º Tendré para con él un corazón amable y afectuoso.

3º Viviré con todos en perfecta armonía, procurando, además, mantenerla entre cuantos me rodean.

4º No descuidaré ocasión alguna de hacer el bien.

5º Sobrellevaré en silencio y con dulzura todas sus faltas, procurando volverle bien por mal.

Y entre los propósitos que hace al término de esos ejercicios están estos:

Para con el prójimo.

1) Caridad: jamás faltar a esta virtud ni dejar que lo hagan en mi casa.

2) Prestarme a servir, siempre que sea útil.

3) Atender con paciencia cuando vengan a buscar consuelo.

4) Con los pobres, más dulce y abnegada, siempre socorriéndolos.

5) Los sábados, limosna especial.

6) Pagar las visitas de vez en cuando, y solo ir a las amistades, cuando tengan penas.

7) Siempre sacar la conversación de Dios, siempre guardando el depósito de Dios en mi alma.

En estos textos, el sustantivo “esperanza” y el verbo “esperar” están ausentes; sin embargo, la redacción en futuro nos revela que esta enamorada del Crucificado tenía esperanza de caminar hacia esa meta.

Cuánto bien nos haría que, de esas doce acciones, tomáramos unas tres o cuatro para vivirlas al menos durante un mes. Y cuánto bien le haríamos al prójimo.

En nuestro camino cristiano, nunca separemos el amor al prójimo del amor a Dios. Recordemos lo que dice San Juan: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20).

Al final de nuestra vida, Dios no va a preguntarnos si lo amamos o si creímos y esperamos en él; nos preguntará si amamos al prójimo (cf. Mt 25,31-46), «porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley de Dios» (Rm 13,8).

Deja un comentario