Hemos explicado anteriormente que la Resurrección de Nuestro Señor es el corazón de nuestra fe; los cristianos esperamos resucitar como Él. Jesucristo rompió las cadenas del pecado y de la muerte y abrió las puertas del cielo para toda la humanidad.
Esto no solo tiene un sentido espiritual. Jesucristo resucitó en cuerpo y alma; su humanidad fue redimida y su cuerpo glorificado. Nuestro Señor ascendió al Cielo, con un cuerpo transformado, pero real, que los apóstoles vieron y tocaron y que es la primicia de la resurrección de la carne, a la que nosotros también estamos llamados.
¿Cómo ocurrirá esto? Podemos entender que el alma subsiste después de la muerte, pero ¿acaso nuestros cuerpos mortales no se corrompen? La respuesta se halla en otro aspecto de nuestra fe: el juicio final. En números anteriores, explicamos que, en el día de la plenitud de los tiempos, se revelará el sentido, no solo de la historia humana, sino de toda la creación. Entonces, Dios restablecerá la armonía entre lo espiritual y lo material y restablecerá también nuestra naturaleza corpórea.
Así se expresa el Catecismo: “La «resurrección de la carne» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales» (Rm 8, 11) volverán a tener vida. […] en la resurrección, Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma” (§990, 1016).
Por lo tanto, la resurrección será la culminación de nuestro bautismo, por el cual morimos en Jesucristo, para resucitar a una vida nueva y plena, en cuerpo y alma. Unámonos a Nuestro Señor, con la esperanza de que Él es la resurrección y la vida (Jn. 11:25).
