Cambiar no es solo tomar una decisión y ya. Cambiar es un proceso, con sus altibajos, dudas, retrocesos… y, también, con momentos de claridad, fuerza y avance. Por eso, cuando hablamos de cambio personal, es importante entender que hay etapas y que cada una tiene su propio ritmo, sus propias emociones y sus propios aprendizajes.
Todo suele comenzar con una incomodidad. Algo ya no encaja: una relación, un trabajo, un estilo de vida. A veces, es una voz interna que dice “ya basta” y, otras veces, es una situación externa que te sacude y te empuja a mirar de frente lo que vienes evitando. Esta es la etapa de la toma de conciencia y suele ser incómoda, pero también liberadora. Reconocer que algo debe transformarse es un gran primer paso.
Después, viene la resistencia. Sabes que algo debe cambiar, pero parte de ti se aferra a lo conocido. Es normal. Cambiar implica soltar y, a veces, eso da miedo. Aquí, aparecen los autosabotajes, las dudas, las excusas, los apegos y las ganas de dejarlo todo igual. No te juzgues por eso, es parte del camino humano y natural.
Si sigues adelante, llegas a la etapa de la acción. Comienzas a moverte, a probar nuevas formas, a tomar decisiones diferentes. A veces, tropiezas; a veces, dudas… pero, también, empiezas a sentir pequeños logros, pequeñas victorias que te motivan a continuar. Cada paso, por pequeño que sea, cuenta y suma. El avance no siempre se nota al principio, pero se acumula.
Y, finalmente, viene la etapa de integración. El cambio ya no es un esfuerzo constante, se vuelve parte de ti. Ya no estás “intentando cambiar”; ahora, simplemente eres diferente.
El cambio personal no es lineal ni perfecto. Pero si aprendes a respetar cada etapa, a escucharte y a tenerte paciencia, te darás cuenta de que vale la pena. Porque, al otro lado del miedo… está tu versión más libre…
