El Papa León XIV nos comenta la importancia de la hospitalidad, del servicio y de la escucha cotidiana (cf. Gn 18,1-10; Lc 10,38-42). Estas nos hacen más humanos, cercanos y solidarios con las personas que nos rodean.
La hospitalidad de Abraham, al recibir la visita de Dios, en la persona de tres hombres desconocidos que llegan a su tienda en busca de resguardo (cf. Gn 18,1-2); Imaginemos el sol y el calor abrasador del desierto. Abraham, habiendo reconocido en los visitantes la presencia de Dios, corre a su encuentro, llenándolos de gestos de amor; así, también Sara, su mujer, y los siervos. Dios le comunica una gran noticia: “Sara, tu mujer, tendrá un hijo” (cf. Gn 18,9-10), a pesar de su avanzada edad, recibiendo la promesa de una vida nueva y de una descendencia.
También, otro pasaje de la biblia nos cuenta que Jesús se presenta como huésped en la casa de sus amigas, Marta y María. Una de ellas lo acoge con infinidad de atenciones, mientras la otra lo escucha sentada a sus pies. Ante las quejas de la primera, que no recibe ayuda en las tareas domésticas, Jesús le responde, invitándola a apreciar el valor de la escucha (cf. Lc 10,41-42).
Estas actitudes de servicio y escucha, son dos aspectos de la vida cristiana que necesitamos recuperar: dar espacio al silencio, a la escucha del Padre, que habla y «ve en lo secreto» (Mt 6,6). Qué hermosa e importante es la intimidad con Dios y cuánto puede ayudarnos, nos dice el Papa. Tengamos momentos de tranquilidad y meditación; compartamos con los demás; cuidémonos unos a otros; intercambiemos experiencias e ideas, comprensión y consejos, para sentirnos amados; seamos solidarios. Compartiendo la fe y la vida, promoveremos una cultura de paz, así, quienes nos rodean superarán rupturas y hostilidades, construyendo comunión entre las personas, entre los pueblos y entre las religiones.
El servicio y la escucha requieren de esfuerzo: la fidelidad y el amor de los padres, para sacar adelante a la familia; el tesón de los hijos en casa y en la escuela; la comprensión ante opiniones diferentes; el pedir perdón, cuando uno se equivoca; el asistir al enfermo; el sostener a otro o a uno mismo cuando está triste. Solo así, es posible construir relaciones auténticas; y, desde la cotidianidad, difundir y experimentar el Reino de Dios (cf. Lc 7,18-22).
Al finalizar, León XIV nos invita a que tengamos siempre como medida la caridad de Jesús; como luz, su Palabra y, como fuente de fortaleza, su gracia, que nos sostiene más allá de nuestras posibilidades (cf. Flp 4,13).
